16 de mayo de 2020
16.05.2020

Amenaza existencial

16.05.2020 | 00:16
Amenaza existencial

La primera vez que entré en el Parlamento de Canarias fue en 1990. Me pareció un juguete. Una suerte de pequeña y petulante caricatura de un verdadero parlamento. Era todo tan chiquitín y a la vez tan excesivo. Lorenzo Olarte, por ejemplo: algo pequeño, excesivo, restauracionista, marengo y cimarrón. La cámara tenía algo de cortes ambulantes y no, no crean que era una asamblea plagada de grandes oradores. Estaba Oswaldo Brito y poco más. Uno de los diputados de la época -y ocupantes de muchos cargos públicos- era un señor que se llamaba José Miguel González, al que era imposible entender cuando hablaba. No difícil, no: radicalmente imposible. Como si en vez de político fuera un locutor en un emisora de radio canaria. Yo he entrado y salido de ese Parlamento muchas veces. En una ocasión, por cierto, me enviaron a entrevistar a don José Miguel González, y salí destrozado y con la libreta en blanco porque, por supuesto, no conseguí descifrar ninguno de sus farfullos. En el transcurso de los años -treinta años ya- he abandonado el Parlamento cabreado, cansado, molesto, irritado, sonambúlico, atontolinado, entre risas o repleto de curiosidades insatisfechas, pero jamás con una desolación tan profunda como me ocurrió ayer y que no excluía, como un cristal perfecto, una puntiaguda piedra de miedo en la garganta.

Porque, después del pleno de ayer, creo que estamos fallando. Estamos fallando todos. En primer lugar, por supuesto, el Gobierno. Es tan comprensible la aspiración de mantener la calma entre los ciudadanos como un deber irrenunciable informar con transparencia en una sociedad que se define como democrática. Ya está bien de inventarse sandeces. Casi medio millón de desempleados fácticos en estas islas, y todavía debemos soportar este juego de trileros sobre lo que una ministra dijo o no dijo, prometió o no prometió, me dejará o no hacer. Es más que suficiente anunciar llegadas milagrosas de turistas, subsidios que no se pagan, superposición sistemática -lo hace mucho Podemos- de partido e institución pública. Ya está bien, mientras cientos de miles de canarios no saben cómo van a comer dentro de unos meses, de mandar titulares prefabricados a los medios y afirmar huevonadas incomprobables y mostrar indignación flatulenta cuando se pide que se expliciten cifras, porcentajes, fechas, procedimientos. Ya está bien de seguir dándole patadas al balón para desplazar la resolución de esta catástrofe en el tiempo: les informo que les quedan dos metros, consejeras y consejeros, para tropezarse con la puñetera pared. Dentro de muy poco tiempo ya no habrá más patadas, ya no habrá más balón, ya no quedará espacio para las fantasías propagandísticas ni las semiverdades lenitivas.

Esto es una amenaza existencial para Canarias. No es un bache productivo, ni un problema grave pero coyuntural, ni una oportunidad maravillosa para dedicarnos a la ingeniería aeroespacial y la nanotecnología. Como dependemos de Madrid y Bruselas debemos exigir - no solicitar pachorrudamente- los recursos económicos y mecanismos que nos permitan sobrevivir. Y si no es así, poner a medio millón de canarios en las calles y plazas de las ocho islas. Si la única opción para la supervivencia consiste en aclarar al Gobierno central que Canarias puede convertirse en un problema de Estado, que se haga cuanto antes. Y eso solo se consigue con unidad. No una unidad menesterosa y fugaz alrededor de un pacto-fotografía, sino una unidad política y social que nos implique a todos.

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