Hasta Goya lo pintó en uno de sus tenebrosos cuadros; esas pinturas en las que retrataba el alma de ese pueblo español capaz al mismo tiempo de lo mejor y de lo peor. Un maestro con el látigo en la mano y un alumno con el trasero al aire. O sea, que la cosa viene de lejos. "La letra con sangre entra", dice el refranero de este país salvaje. El dolor y la humillación graban a fuego las lecciones en la memoria de los niños. Así enseñaban hasta hace muy poco el catecismo y la lista de los reyes godos. Y tal vez sea verdad que el sufrimiento es un ácido que graba de forma inolvidable en la memoria de la gente y de los pueblos.

La vida ahora se va a encargar de darnos una de esas dolorosas lecciones. Los efectos de la destrucción económica causada por el confinamiento son muy graves. Y ya se empiezan a ver las primeras grietas. En Canarias hay casi doscientos mil trabajadores zombis. Hombres y mujeres que han sido expulsados de sus puestos de trabajo en la modalidad de despido temporal: un sistema de criogenización pública que les congela, como a Walt Disney, entre la vida y la muerte laboral. Cincuenta días de confinamiento y ya tenemos casi medio millón de trabajadores desprendidos de un sistema productivo paralizado. Pero los peores daños están por llegar: los que causará la pérdida del mercado turístico.

Los hoteleros canarios han llenado la hucha en estos últimos años, que han sido muy buenos. Algunos, sobre todo los que han sido previsores, tienen aire suficiente para resistir los meses de vacas flacas, si no son muchos. Pero no es el caso de otros sectores económicos. Hasta hace bien poco muchos hoteles empezaban a preocuparse si la ocupación les bajaba del 70%. Muchas industrias y comercios de las islas están funcionando ahora mismo con pérdidas de hasta la mitad de su mercado. Algunos negocios no aguantarán abiertas. Y pocos podrá mantener el mismo número de trabajadores que antes de esta crisis.

Ningún país se puede permitir el lujo de prescindir de un recurso económico como el turismo. Pero al mismo tiempo, ningún país debe cometer el error de tener una dependencia exclusiva de un solo recurso. La España peninsular va a sufrir un duro golpe con la caída turística en las costas del Mediterráneo o en sus grandes ciudades. El sector, con 85 millones de turistas, facturó el año pasado 150 mil millones de euros que dieron trabajo a dos millones seiscientas mil personas. Mucha gente. Pero en la Península el daño que causará las el desplome del sector lo puede amortiguar una industria potente y el sector exportador. El caso de Canarias no es igual. Lo nuestro es un monocultivo y la pérdida del turismo, en un porcentaje que da miedo incluso pensar, afecta a la estabilidad de nuestra economía. Y pondrá en riesgo vital a la sociedad de las islas.

Aún es pronto para saber cómo será el mundo después del coronavirus. Hay quienes dicen que tendremos que aprender a vivir con él. Quienes advierten que mutará y se volverá aún más asesino. Y quienes nos tranquilizan diciendo que pronto habrá una vacuna o un tratamiento, No lo sabemos a ciencia cierta. Confiamos en que el turismo volverá a fluir porque los europeos no renunciarán al ocio y a las vacaciones en un destino seguro. Pero este año no está el horno para bollos. Y sería un desastre total un rebrote de los contagios en cualquier país europeo que obligase a nuevas medidas de aislamiento social.

Durante este periodo de pobreza extrema y dificultades aprenderemos una amarga lección: una dependencia absoluta es un error absoluto. Como inutilmente se ha dicho una y mil veces, no se deben tener todos los huevos en la misma cesta.

Llevamos años hablando de apostar por nuevas industrias y por un potente sector exportador. Diciendo que las licitaciones de inversiones y servicios públicos deberían discriminar legal pero firmemente a favor de las empresas que tienen instalaciones, inversiones y trabajadores en las islas. Valorando que podríamos transformarnos en un referente para los países africanos en servicios de ingeniería de energías renovables y en un centro mundial de servicios digitales. Llevamos años hablando, pero hemos hecho muy poco, por no decir nada. Solo hablar. Y poner el cazo en Madrid pidiendo subvenciones y ayudas. Y vivir de la agricultura turística. El monocultivo de la cochinilla, versión 3.0: plantamos hoteles que se llenan de gente. Ahora, por un largo periodo, nos va a tocar comernos el cemento vacío.

Y ni así aprenderemos.