En una de las recientes confrontaciones parlamentarias entre gobierno y oposición, Pablo Casado lanzó una ingeniosa acusación a su oponente: parapetarse en la ciencia. Dado el verbo utilizado por el político formado en Aravaca, podría referirse a la utilización de un parapeto -en este caso el conocimiento científico establecido- para defenderse de una agresión bélica, o al uso de dicho conocimiento para justificar las decisiones políticas a tomar ante la actual pandemia. Vista la estrategia desencadenada posteriormente y considerando que la segunda acepción implica una cierta sutileza argumental, tal vez se trate de una combinación de ambas. La ciencia no sería considerada como un instrumento útil ni razonable para enfrentarse a una situación grave e inesperada. Una posición coherente con la política desarrollada por la organización política a la que pertenece y lidera el de Aravaca con ocasión de la anterior crisis financiera, y durante la cual el gobierno de entonces recurrió a reducir significativamente la inversión en investigación, desarrollo e innovación. Ello causó una ampliación de la brecha entre España y los países europeos más avanzados en este aspecto, con consecuencias lamentables para la estructura científica del país y para la incorporación de una generación de investigadores e investigadoras al sistema, una vez formados en centros internacionales, que comenzaron a percibir su futuro profesional como un fenómeno impredecible. Una decisión claramente opuesta a la que, ante la misma emergencia, adoptó una convencida representante del modelo liberal como era la canciller de Alemania, Ángela Merkel. Es cierto que la alemana, en lugar de cuatro días en Aravaca y antes de dedicarse a la política, había empleado trece años de su vida en estudiar física en la Universidad Carlos Marx de Leipzig, trabajar como investigadora y doctorarse en química cuántica en la Academia de Ciencias de Berlín. No parece una conclusión disparatada que la disponibilidad de una sólida estructura científica y una industria basada en el conocimiento haya capacitado a Alemania para enfrentarse a la pandemia en mejor situación que el endeble tejido de investigación e innovación en que quedó España tras los recortes de los años anteriores. Porque no fue solo la ciencia, sino la educación -desde sus niveles iniciales a los avanzados, con grave insuficiencia en la formación en humanidades-, la sanidad pública y la atención primaria, la industria local y el conjunto de instrumentos que proporcionan a los seres humano la capacidad para responder al flujo de la vida con inteligencia y recursos éticos. Ahora que una tragedia nos ofrece la oportunidad, es preciso construir un futuro en el que se revierta -como ha señalado Emilio Lledó- "el deterioro de la educación, la cultura y el conocimiento". Es necesario dotar a la sociedad de instrumentos adecuados para ejercer su inteligencia crítica, lo que le permitirá tomar sus decisiones, valorar las propuestas por sus representantes, diferenciar las informaciones veraces de las podridas y discernir la moralidad o inmoralidad de las posiciones políticas del escaparate. Nada de eso se consigue colgándose corbatas negras ni asistiendo a cursillos en Aravaca.