29 de abril de 2020
29.04.2020

Viral: Las reclusiones siempre acaban devastando la libertad

29.04.2020 | 00:06
Viral: Las reclusiones siempre acaban devastando la libertad

1. El sarcasmo

Si hubiera que elegir una palabra-símbolo que visualizase el ser de nuestra época, seguramente sería viral. Expresa nuestra prepotencia: el sueño de la ubicuidad sólo propia de los dioses (estar en todas partes), instantaneidad global, conectividad total, transmisión supersónica y el florecimiento del infeccioso contagio mental. Nuestro orgullo es ser virales. Lo que no es viral no es nada. No hace falta ponerse freudiano para darse cuenta de que esa viralidad muestra el supertamaño de nuestra virilidad. O el alguacil alguacinado. Como pasa con tanta frecuencia en la Historia, esas ensoñaciones terminan casi siempre en el sarcasmo cadavérico. Hay algo que nunca puede olvidarse: el sarcasmo de la vida es la muerte. Como se está viendo.

Lógicamente, el sarcasmo de nuestra viralidad tenía que ser un virus. He ahí la paradoja y el ridículo. Desde que el mundo se creara hace millones de años, en cuanto aparecía una plaga, epidemia o peste los humanos la interpretaban como una advertencia divina. Sin entrar ahora en disquisiciones teológicas profusas, está claro que este virus que nos manda el destino viene a ser el castigo a nuestra soberbia viral. Dicho con palabras de Valle-Inclán, gran Nostradamus gallego, en Divinas palabras: ese gato devorador nos come en el lugar del pecado, allí "do más pecado había". Podemos ponernos más finos y decirlo con la frase lapidaria de Heidegger: el hombre moderno es "una mediocridad que se ha elevado a sí misma a Dios".

2. La Torre de Babel

La prepotencia es defecto que acompaña a los hombres desde la creación. Por lo que parece, Adán y Eva perdieron el Paraíso por querer ser como dioses. Hay que ser vanos y estar ociosos. En el mismo momento en el que el hombre supermoderno anuncia urbi et orbi, lleno de orgullo y pasión, que está a punto de conseguir vivir eternamente, se le derrumba su Torre de Babel: un diminuto e invisible virus hunde ese imponente monumento a la soberbia de la humanidad, y pone en su sitio el poder real de la ciencia. El sueño mesiánico de alcanzar el cielo roto en pedazos. Otro sarcasmo de la historia. Fin de nuestro deslumbrante Paradigma. Otra palabra que estuvo muy de moda y aspiraba a obrar el milagro de convertir a todos nuestros saberes en ciencia exacta. Como siempre, la propaganda convertida en lo contrario a la verdad y a la realidad. Desde la Estructura de las revoluciones científicas todos sabemos que el efecto real de esa palabra fue aniquilar la orgullosa ensoñación del prefecto del emperador, el Sr. Popper, que pensó que la ciencia y la política podían manejarse sólo con la lógica (de la investigación científica). Otro cadáver.

3. Del Rey Baltasar a la utopía del encierro perfecto

Tenemos el país, e incluso los países, convertidos en un inmenso hospital. En reclusión. Hecho nunca inocente. Como sabemos desde Foucault e incluso antes. Los hospitales, como los internados, cuarteles o prisiones, son, por usar la expresión de Goffman, "instituciones totales". Que se utilizan para vigilar, esclavizar y manipular. "Ojo perfecto al que nada se sustrae" (Foucault). Un aviso, los castigos al cuerpo siempre son castigos al alma: las reclusiones -perfectas o imperfectas- acaban encandilando al déspota y devastando la libertad.

En esta tesitura viene muy bien leer el relato (obscuro objeto de deseo que a los actuales Redondos les gustan tanto) del Rey Baltasar en el bíblico libro de Daniel. Tan poderoso Rey observa aterrado cómo, en medio del gran festín con el que demostraba "ostentóreamente" su inmenso poder (o sea, nuestra viralidad), una mano misteriosa escribe sobre la blanca pared tres enigmáticas palabras: mené, tequel, parsín. Mené significa "dios ha contado los días de tu reinado y le ha puesto fin". Tekel, "has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso". Paskin, "tu imperio ha sido dividido y dado a los medos y los persas". Informa el Antiguo Testamento que Baltasar murió aquella misma noche.

Llevamos ya un tiempo en el que, en la no tan blanca pared de nuestra democracia, una misteriosa mano escribe palabras enigmáticas que no sabemos interpretar. No somos Daniel, el mayor intérprete de sueños de la Antigüedad. Desconocemos tres cosas: a) quién es aquí el Rey Baltasar; b) qué va a pasar con nuestro reino; c) a quién va a visitar el ángel exterminador. Tenemos una sola certeza: en el ambiente huele, cada vez más intensamente, a azufre. A tics autoritarios, a sueño utópico de una gran prisión/hospital, a "jaula de cristal" (Apps) en la que una inmensa voracidad de poder nos quiere meter a todos.

4. El verdadero virus

El gran contagio de este país comenzó el día aquel en el que un desconocido profeta local de León, el Sr. Zapatero, una gran calamidad, llegó a su hogar y le dijo a su esposa una frase histórica que resume mejor que mil tratados por qué hemos venido a parar a este pozo sin fondo. La frase, más o menos, es ésta: "Sonsoles, no te imaginas la cantidad de españoles que podrían ser presidentes de gobierno". Falsedad de falsedades y sólo falsedad. Ese desatino predica, urbi et orbi, esto: 1) que cualquier quidam vale para cualquier puesto, incluidas las funciones más complejas, difíciles y de mayores consecuencias; 2) que es igual estar preparado que no estarlo (o el conocimiento y experiencia como innecesarios); 3) que la incapacidad es tan creadora y fértil como la capacidad; 4) que mandar y gestionar está tirado. Por decirlo así, el plagio como método. El estado viral en el que nos encontramos es resultado de esa infinita y generalmente aceptada frivolidad. Más de treinta siglos refutan categóricamente esa boutade criminal.

Pero a nadie le importan ya las enseñanzas de la Historia. Sólo cuentan los sueños y las ensoñaciones. Cuanto más irreales, mejor. No cabe sorprenderse de nada. Hay que concederle, sin embargo, a este presidente/calamidad, gran especialista en envenenar los pozos de los que beben los pueblos (Venezuela), la atenuante Obama. Un Presidente que fue el signo definitivo e incontestable de la crisis en la que iba a entrar -¿para siempre?- EE UU, es decir, la chifladura Trump. A ese Obama le cabe el honor de haber formulado el gran dogma de los dos últimos decenios: "Sí se puede". O el concentrado milagroso de la voluntad que hace posibles todas las imposibilidades. Por ese camino hemos llegado hasta el coronavirus.

5. El gran sultán

Claro que todo es superable. Crecen, alarmantemente, las señales sombrías que la misteriosa mano va pintando en nuestra pared: volumen inmenso de mentiras; conexión simultánea semanal de todos los telediarios (variante vírica del Parte), Parlamento cerrado o jibarizado, mordaza a las libertades (de opinión, prensa, crítica, empresa...), ávida y ansiosa marginación del Jefe del Estado, toneladas de propaganda y manipulación, más otros etcéteras. Aunque el virus mortal es otro: el sistema electoral, como puede comprobar cualquiera que lea la historia de los años 30 y la destrucción de la República de Weimar. Este sistema proporcional (de inequívoco origen alemán) acaba en la fragmentación total, pervierte completamente la esencia de la democracia (que consiste en dar el poder a la mayoría, no en dejarlo en manos de minorías exiguas y ventajistas), convierte la democracia en un zoco persa, el Parlamento en algo inoperante, los partidos en un gallinero sectario, se gobierna por decreto, y al final de la representación aparece siempre el "gran zorro" que jura ocuparse de cuidar paternalmente a las gallinas.

Es decir, el Gran Narciso y Gran Sultán, que nombra Cónsul a su caballo. Esta vieja película de terror tiene miles de precedentes históricos, y un final más que escrito. Mirándole atentamente, este D. Pedro Sánchez Castejón tiene, en su acicalado porte, chulescos andares, rebosante apostura y atenazada mandíbula, aire de enterrador.

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