Ya se comienza a ver la luz al final del túnel; parece que comienzan los paseos de los pequeños de la casa que han dejado este secuestro imprescindible que les ha hecho experimentar el aislamiento y la necesidad de autorregulación del tiempo. Pero ahora solo faltaría que comencemos a hablar de síndrome de Estocolmo y de la dificultad para desintoxicarnos de esta situación de la que, nuestra capacidad natural para adaptarnos a las circunstancias, nos hemos podido enamorar. De igual modo que hubo un proceso de adaptación al confinamiento, ha de darse un proceso de adaptación a la considerada normalidad.

Acostumbrarse es natural. Pienso en los esquimales, cuya adaptación a vivir sobre el hielo les ha conformado incluso biológicamente. Somos capaces de estar adaptados al desierto y al hielo, a la altitud peruana o niveles de costa. Nos acostumbramos a todo y nos adaptamos a todo. La adaptabilidad o plasticidad de nuestra condición humana. Una riqueza, por cierto.

Esta capacidad la tendremos que mantener especialmente ahora para asumir el ritmo de dificultad social y económica que se divisa en el horizonte. Un 40% de paro supuesto va a generar niveles de pobreza a los que no estábamos acostumbrados. Nos vamos a tener que adaptar a la generosidad y a la solidaridad social, no como expresión de casos puntuales y situaciones marginales, sino como ámbito significado de la convivencia social. Y hemos de tener cuidado con nuestros discursos que suelen venir envueltos en las acostumbradas culpabilizaciones de las situación que sufren los otros, porque tal vez seamos nosotros los que necesitemos la solidaridad de los demás.

Y nos acostumbraremos, y nos adaptaremos, porque somos capaces de ello; y volveremos a reconstruir lo que estaba derrumbado con paciencia y esfuerzo común. Porque somos capaces de hacerlo. Y tendremos paciencia de quienes se desesperen por el camino y desfallezcan, y no alcancen el final; les ayudaremos, les apoyaremos, les cuidaremos?

Decía San Pablo: "Sé vivir en la pobreza, y sé vivir en la abundancia. En todo lugar y en todas las circunstancias he aprendido el secreto de hacer frente tanto a la hartura como al hambre, tanto a la abundancia como a la necesidad" (Fip 4, 12). La adaptabilidad ante cualquier realidad posible que se nos avecine. Esta expresión me recuerda a un discurso que he escuchado varias veces a mi madre que, con 76 años, recuerda ver a su abuela cocinando sobre las tres piedras del fogón, a leña. Ella ha atravesado toda la evolución de las cocinas: leña, carbón, petróleo, gas, electricidad. Ese avance es significativo y ella puede decir lo que decía el apóstol de Tarso. Pero, ¿y nosotros?

Nos adaptaremos, volveremos a acostumbrarnos a las nuevas situaciones, porque el ser humano es capaz de ello. Por ello, la luz del final del túnel debe despertarnos a la esperanza. Tal vez es la mejor manera de superar cualquier síndrome incapacitante de la novedad que nos espera.

Tal vez la luz no sea blanca, ni luzca lo suficiente. Pero no olvidemos que hay quien cocinó sobre las tres piedras del fogón. Y la plasticidad humana es capaz de salir de cualquier tsunami social.