02 de abril de 2020
02.04.2020

Algo se está moviendo

01.04.2020 | 22:23
Yolanda Márquez Domínguez

Licenciada en Ciencias Políticas y Sociología
Dra. Ciencias de la Educación

"La Tierra estaba toda corrompida ante Dios y llena toda de violencia.

Viendo, pues, Dios que todo en la Tierra era corrupción, pues toda carne

había corrompido su camino sobre la Tierra, dijo Dios a Noé: El fin de toda

carne ha llegado a mi presencia, pues está llena la Tierra de violencia a causa

de los hombres, y voy a exterminarlos de la Tierra" (Génesis 6,11)

Extraído de La doctrina del shock de Naomi Klein.

Nada de esto es irreal. El planeta tierra no es el hogar exclusivo de la especie humana. La Tierra es el hábitat de otras especies a las que debemos considerar, en sí mismas, valiosas. Abandonar el patrón antropocéntrico y socio-céntrico puede ser una opción a esta nada. Y este cambio comienza por comprender que la Tierra es un sistema que está constituido por interacciones entre las partes que lo componen y que sus procesos influyen a todo/as y cada uno/a de sus integrantes. Lo que estamos viviendo en la actualidad, la pandemia provocada por el Covid-19, es una de las consecuencias de vivir en un sistema donde se denota una falta de racionalidad y una nula previsión sobre los efectos que provocan en el sistema Tierra el modus operandi clásico de entregar las riendas de los países a la moraleja en favor del lujo, la ambición y las posesiones materiales.

Nada de esto es irreal. El mundo está en shock. No creo que sea descabellado lanzar esta afirmación, hagan la prueba si no: enciendan sus televisores, radios, accedan a redes sociales y miren, escuchen, lean. Qué mayor justificación que realizar este acto cotidiano en cientos de hogares para demostrar que en nuestras cabezas, cada vez que emiten una noticia, las frases que resuenan sean: ¡esto es el fin de la Humanidad! ¡El mundo se derrumba, es una catástrofe! ¡Vamos a morir! No es un disparate, nuestros ojos, nuestro corazón, nuestro subconsciente se enfrenta a imágenes despiadadas, a la frialdad de las cifras, a la inquietud de la espera bajo la inquebrantable esperanza de que ocurra el milagro y la muerte levante velas de esta cárcel en la que ha convertido al mundo.

Nada de esto es irreal. El miedo tampoco. Los/as profetas apocalípticos han tenido siempre mucho predicamento (periodistas, economistas, medios de comunicación...) porque el ser humano es temeroso. Manipular esta emoción, sin querer dar una explicación psicoanalítica en particular o de la filosofía de la sospecha en general, puede llevar a una visión cínica del mundo, esto es, a que los auténticos intereses de quienes alimentan el miedo permanecen ocultos bajo la alfombra. Sinceramente, apelar a este sentimiento lo único que conlleva es ganar tiempo e intentar parchear esta situación que no hará que cambie, o tal vez sí, el modelo de convivencia y menos el económico a pesar de que la lógica del beneficio solo se frenaría si la lógica de la cooperación fuera más fuerte. Pero, y así lo dijo Foucault, el poder termina siendo el que configura el orden social, y en este caso el mercado es la mano invisible de lo público. Sin ir más lejos, la evidente falta de recursos materiales y humanos en el contexto sanitario provocado, como se ha demostrado, por la implementación de un modelo de gestión neoliberal en la sanidad desde 2008 que muestra ahora sus graves consecuencias: el beneficio de unos/as pocos/as en detrimento de los/as de siempre: las espaldas de la gente.

Nada de esto es irreal. Se apela a la solidaridad colectiva, pero ¿verdaderamente aprendemos que, en las situaciones de crisis, en este caso pandemia, tenemos todos/as que ser más prudentes y guiarnos por el interés colectivo? No creo que el virus haya provocado una tabla rasa o un lavado de cerebro en nosotros/as, sí un shock que muchos/as aprovecharán para sacar rédito, si no lo están haciendo ya, como se ha hecho en otras ocasiones en circunstancias de crisis, llámese guerras, ocupaciones militares, catástrofes naturales... etc.

Nada de esto es irreal. Quizás este virus forme parte de una estrategia de moratoria medioambiental, que no económica, esto es: se recupera el medio, pero empeora la economía, ergo aumenta la austeridad, pues Europa se resiste a mancomunar gastos y riesgos, ergo aumentan las desigualdades, la pobreza, la exclusión social, la inequidad, la falta de garantía en derechos sociales.

Pero, pese a este futurible escenario post-shock, tal vez esta crisis se puede ver como una oportunidad para replantearse ciertas cuestiones sociales, como las tareas de cuidados, de una manera más social mejorando las condiciones de trabajo, de recursos o reparto entre géneros, es decir, con más estado de bienestar.

Pero seamos realistas, el invierno de la democracia se acerca y para combatirlo hay que ver que hay debajo de la alfombra y denunciarlo, aunque ahora con las libertades restringidas sea difícil hacerlo. Aun así, teniendo el sentimiento de pérdida de libertades, hemos de tener claro que vencer al miedo es conquistar mayorías.

Se trata de entender, individualmente, que, a pesar de las medidas y estado de alarma, hay un problema enorme que tenemos que solventar entre todos/as: que nada de lo que está sucediendo es irreal, a pesar de la angustia, que los aplausos valen pero valen más cuando las necesidades materiales y humanas están cubiertas, que quizás esta crisis sanitaria, este sacrificio social, nos ayude a darnos cuenta que existe un Deep State: los/as verdaderos inductores/as de lavados de cerebro en situaciones de emergencia social, aunque no confío mucho en esta esperanza, la verdad.

Nada de esto es irreal, ¿estamos ante un paréntesis, ante una discontinuidad, ante la nada? En la nada no hay cielo, no hay infierno, no hay arriba y abajo, solo infinito, que es una especie de no-aquí como dijo John Banville en su libro "los infinitos". A pesar de este no-aquí, de esa nada, hemos convertido balcones y ventanas en nuestro altavoz, el único que nos han dejado elegir, durante dos minutos, cinco o diez al día los siete días de la semana. A pesar de que el miedo en un principio nos puede paralizar, nos puede dejar en shock ante la nada, ante la incertidumbre del qué pasará ahora, el ser humano es un ser gregario, no está en su naturaleza ser solipsista, porque la proximidad, la comunidad es lo que le confiere a la gente su realidad esencial: sentirnos frágiles de manera colectiva. Este secreto de supervivencia es el que se ha visibilizado en estos días de confinamiento, aún en progreso: que quizás no seamos dioses ni diosas porque sentir el sufrimiento absoluto del mundo nos aniquilaría en el acto pero sin serlo, hemos sido, y seguimos siendo, capaces de resistir como héroes y heroínas de nuestro tiempo: reconociendo la fragilidad, la vulnerabilidad de la vida, generando nuevas formas de solidaridad de redes de apoyo mutuo que son el germen de una nueva política del común e incluso pensar en una nueva concepción de nuestro papel en la sociedad que nos sitúe en aquella percepción que no nos guíe hacia el nihilismo, hacia la nada sino hacia una sociedad menos depredadora y sí, más bella y menos infinita porque, pese a todo, algo se está moviendo.

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