El Gafudo se ha dormido de nuevo. No es un espectáculo agradable. Se le cae uno de esos extraños objetos, un libro, sobre el pecho y al cabo del rato empieza a roncar. A veces le ocurre lo mismo frente a la pantalla luminosa y despierta a las tres o cuatro de la mañana y dando tumbos por el pasillo llega a su dormitorio y se desploma en la cama. Yo le acompaño, pero no por miedo, porque nosotros somos inmunes y amamos el infinito silencio de las noches de cuarentena, sino por una honda conmiseración. Bien, lo admito: es una mezcla de compasión e interés. Le he tomado afecto, un afecto melancólico por lo que me ha tocado en mi perra vida, y ahora mismo necesito a alguien que me ponga el pienso y a veces el paté, me lave y me rasque la cabeza. Pero desafío a cualquiera a morderme si eso no merece el nombre de amor. En todo caso tiene sus compensaciones. Es cierto que debe alimentarme pero, ¿no le permito el placer de recoger mis boñigas, algo que le gusta tan desaforadamente que siempre masculla y se le arruga la cara al hacerlo? Quid pro quo.

Es cierto que las cosas han cambiado. Lo he notado en los últimos días, cuando saco al Gafudo a pasear. Antes los otros perros eran más habladores. Ahora se ha impuesto la sobriedad en todo. El otro día, en la plaza de los Patos, me lo comentaba un fox terrier con unos efluvios muy interesantes: "Esta gente está asustada, y cuando se asustan dan miedo". Está agotado, como casi todos, porque el nerviosismo de los congéneres del Gafudo ha obligado a pasearlos tres, cuatro, cinco veces diarias y hay perros -lo veo casi a diario- literalmente reventados. "No puedo más", me comentó el otro día una pekinesa muy sabrosa con un pis exquisito, "me duele todo el cuerpo, el otro día desde la plaza La Paz hasta la Farola del Mar, ida y vuelta, y soy una puñetera pekinesa, no Saïd Aouita". Ya no hay tiempo para nada. Ya no hay parques ni jardines, solo kilómetros de acera con pasos apresurados y, al caer la tarde, los del Gafudo se asoman a los balcones y se ponen a aplaudir y sonríen los unos a los otros, cuando antes ni se daban los buenos días, y si aparece un policía o un sanitario, lo aplauden con todavía más fuerza, como si Margot Robbie se paseara envuelta en terciopelo por la acera pegajosa de manchas oscuras y chicles envejecidos. Y me ponen nervioso. No sé a qué viene semejante algarabía. Son como aquellos que ladran en mitad de la noche: todos sabemos que lo hacen por exhibicionismo o por terror. Ayer mismo miré hacia arriba y en uno de los balcones dos niños aplaudían en pijama con una inocultable expresión de hartazgo, con ojeras ya en las palmas de las manos, si me permiten la metáfora, que si se las permiten al redicho del Gafas, por qué no a mí.

El Gafudo intenta mantener una cierta disciplina diaria, pero siempre fracasa miserablemente. Salvo en lo de leer y escribir, no puede evitar dejar algo para el día siguiente. Como está solo yo soy su único vigilante y, siguiendo un rasgo muy pronunciado en su especie, ni se da cuenta. Hay que comprenderlos. Se pasan la mitad del día viviendo en una fantasía bella o tenebrosa que llaman futuro. No saben cuándo van a morir. Se han olvidado casi perfectamente de sus sentidos. Es lastimoso, no lo dudo, pero en el peor de los casos, y como se explica en Ciudad, el libro que leía el Gafudo ayer, nos reuniremos en las noches de las ciudades deshabitadas y alrededor de algún fuego contaremos a los cachorros historias de hombres durante siglos, y por fin serán un mito, un mito admirable, pedagógico, inofensivo.

(*) El perro de Alfonso González Jerez