30 de marzo de 2020
30.03.2020
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A babor

Gobierno de concentración

29.03.2020 | 23:28
Gobierno de concentración

La información contenida en las poco menos de seiscientas palabras de este artículo pesa alrededor de diez o doce kilobytes. Es bastante más que los ocho que ocuparía el código genético del SARS-Cov-2 (el virus responsable del Covid-19).

Esa pequeña cantidad de información, que un solo virus que entra en contacto con una célula es capaz de reproducir decenas de miles de veces, está cambiando nuestro mundo de una forma completamente desconocida: cuando pase la pandemia, su impacto dejará en el planeta un rastro de millones de infectados y centenares de miles de muertos y una herencia desastrosa: una economía destruida, una sociedad acobardada y una política distinta. Es probable que la democracia, tal como hoy la conocemos, asuma reducir parte de su tradición liberal, para poder sobrevivir a nuevos populismos y nacionalismos radicalizados. En el mejor de los casos, lo más probable es que las sociedades asuman la necesidad de gobiernos más autoritarios y más centralizados, a cambio de que sean más eficientes en la aplicación de sus decisiones. También podría ocurrir que el miedo a la muerte por lotería nos acompañe durante una entera generación, y renunciemos a elementos que hoy se nos antojan parte sustancial de nuestra democracia, como el derecho a la privacidad, la libertad de expresión o la obligación de los gobiernos de sostener y preservar el estado de bienestar.

Ocurra lo que ocurra, los primeros cambios los estamos comenzando a ver ya. La mayoría son todavía cambios de registro o movimientos orquestados, deudores de las viejas formas de hacer política: por ejemplo, el PNV se desmarca del PSOE y avisa que no apoyará los Presupuestos de 2020, porque el Gobierno actúa como si lo presidiera Pier Metepatas y no logra resolver ningún problema. En realidad, lo que ocurre es que el PNV no comparte las decisiones centralizadoras adoptadas por Sánchez, ni se siente corresponsable de los errores del Ministerio de Sanidad, ni puede apoyar políticas como la prohibición de los despidos por causas económicas, o la congelación de la actividad no esencial que ni siquiera se les han consultado. El PNV teme la deriva izquierdista y marciana de un Gobierno que sigue más preocupado del impacto electoral de sus decisiones que de preservar la economía y salvar vidas ahora.

El conato de rebeldía del PNV no parece táctico: si se mantiene en un no firme a los presupuestos, el Gobierno no podrá seguir. Sánchez ha advertido ya a su gabinete de crisis que está dispuesto a convocar elecciones, pero no parece en absoluto probable. La opción más viable si se tuerce el pacto de la censura a Rajoy es un gobierno de coalición con el PP, una hipótesis en absoluto desdeñable que sería la única capaz de evitar a los socialistas pagar las consecuencias de una situación imprevisible y completamente disruptiva, de la que Sánchez no es más culpable que Macron o Merkel, aunque ellos hayan sabido gestionarla con más decisión y menos errores de bulto. Un gobierno de concentración no es un 'golpe de Estado', como ya propagandean en redes los más avisados podemitas, los mismos que aplaudieron con las orejas una moción de censura que le dio a Sánchez una Presidencia hipotecada a los enemigos del Estado, pero no el poder necesario para gobernar. Un gobierno de unidad nacional es un recurso para llevar el debate ideológico a un segundo plano y dar paso a actuaciones respaldadas por la mayoría. No es un gobierno sin problemas, desde luego, y el primero de esos problemas es que precisa de la generosidad del PP, para aceptar compartir el brutal desgaste que gobernar supondrá en esta hora a quien se arriesgue a hacerlo.

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