22 de marzo de 2020
22.03.2020
Editorial

Poner Canarias, y España, en pie cuanto antes

22.03.2020 | 00:49

Estamos en guerra contra un enemigo invisible. Un virus capaz de copiarse a sí mismo millones de veces para crear un ejército numerosísimo y que cambia de cuerpo que parasitar a toda velocidad antes de que el sistema inmunológico lo fulmine. Cuando queda solo, sin otra persona hacia la que dar el salto, deja de multiplicarse y se extingue. Sería algo así, valga la simpleza de la comparación para concienciarse, como esos macarras pendencieros que en grupo desafían a cualquiera y huyen del cara a cara como cobardes. Por eso para la victoria resulta tan determinante aislarse y retar al monstruo de uno en uno. El coste, no engañemos a nadie, será alto. Empecemos a tomar las decisiones correctas, pongamos el foco en las personas y preparémonos para resistir unidos lo que haga falta.

Todos los cataclismos popularizan sus propios términos. El de la Gran Recesión fue la prima de riesgo, que la ciudadanía manejaba con soltura de bróker. El del crack del coronavirus es "aplanar la curva". Con esa expresión definen los expertos el instante en que la gráfica de afectados deja de crecer exponencialmente y adopta forma de meseta hasta su descenso. Conseguirlo únicamente depende de la responsabilidad individual, de ser estrictos en el cumplimiento de las recomendaciones. Seguirlas al pie de la letra equivale a parar el país y cercenar la fuente de ingresos de sus habitantes.

Los héroes también están en casa. La novedad ayuda al principio a sobrellevar los confinamientos. El desánimo cunde pronto por la falta de resultados inmediatos. El virus pasará, pero no de una semana para otra. Debemos de mentalizarnos para asumir un dilatado periodo de incomodidades y libertades disminuidas. Mejor una prohibición de más que una de menos en esta dura lucha por mitigar el brote. No parece un precio exagerado a pagar con la existencia de miles de personas en liza.

Los problemas se amontonan porque nunca antes afrontamos algo semejante y carecemos de experiencia para hacerlo. Aún así, el Covid-19 va proporcionado algunas lecciones. La primera: lo mucho que cada país tarda en despertar de la ilusión de invulnerabilidad. Todos, no solo España, demoran en exceso actuar, atrapados en el delicado dilema de improvisar parches y esperar un milagro o arremangarse y colapsar el sistema. La segunda: la necesidad de establecer prioridades y no intentar taponar múltiples vías de agua al unísono. Las bolsas reflejan un escenario bélico, pero la primordial emergencia es sanitaria. La tercera: importa en la calma, y es la salvación en las tempestades, armarse de una administración eficaz liderada por políticos capaces, y diferenciar a los que saben de los cantamañanas.

Un número elevado de enfermos, a medida que avance el contagio, va a precisar a la vez de intubación, ventilación asistida y camas de UCI. Tratar de distinguir entre medicina pública y privada en estos momentos es dividir las fuerzas. Urge prepararse con contundencia y sentido de anticipación. Aunque pensar en hospitales temporales a algunos les parezca desmedido, no dista mucho de la realidad a prever. Y el Gobierno ya debería haber organizado a las empresas españolas con la capacidad de fabricar respiradores, mascarillas y elementos de seguridad, o sucedáneos, para colocarlas a a pleno rendimiento y no traspasar a los médicos y sanitarios la responsabilidad de elecciones tremendas por falta de material.

Mantener con respiración artificial a las empresas, la mayor parte pequeñas y medianas, para que puedan despertar del coma viene inmediatamente detrás. Algunos sectores, como el comercio, la hostelería y el ocio, ya han perdido el cien por cien de la actividad. La mayor parte de esos negocios los regentan autónomos, grandes e injustamente olvidados en el primer tratamiento de choque. El plan multimillonario anunciado acertará si, cuando la producción salga del congelador y se estabilice, un máximo de emprendedores y sociedades está en condiciones de crear puestos de trabajo. Empujarlas con alivios fiscales incentivará el crecimiento. Elevar impuestos generará desconfianza.

Un patógeno sencillo ha venido para demostrar lo absurdo de pensar en cotos territoriales en un mundo unido funcionalmente como jamás en la historia. Somos tan fuertes como el eslabón más endeble de la cadena, lo que significa que las desigualdades extreman nuestra debilidad. No podemos seguir tolerándolas. Algunos independentistas, incluso en la hora crítica, siguen ciegos a la evidencia y defienden sus privilegios. Necesitamos también meter en cuarentena el sectarismo, el populismo y la vileza, y confiar en que la idiotez no se contagie.

Los ciudadanos aplastarán este virus. Canarias y España, siempre dan lo mejor de sí mismas en las debacles. Surgen multitud de iniciativas emocionantes para arropar a los damnificados y animarse. Abramos la puerta a la solidaridad y pensemos, en los duros días que quedan, en cómo fortalecer juntos la democracia, el civismo, las instituciones y la economía para engrandecerlas. Para poner en pie otra vez la región y el país cuanto antes.

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