22 de marzo de 2020
22.03.2020
Por peteneras

Leyendas borbónicas

22.03.2020 | 00:49

En un ejemplo de solidaridad de clase, la corona viral de moda está sirviendo para tapar las vergüenzas de otras más cercanas. Al fin y al cabo, cualquier patógeno está a la cabeza de una dinastía infectada y dispone del potencial para reproducirse hasta la saciedad, a poco que se le dé la oportunidad. Es más, cuando el personal intenta contenerla -como ocurrió aquí en dos ocasiones-, siempre hay algún milico que la reactiva para garantizar la continuidad de la saga. Por otra parte, mientras que los medios extranjeros mencionan pistas que harían del monarca emérito un posible autor de delitos fiscales, el silencio de la prensa española se instaura con la complicidad que caracteriza a la omerta. No cabe duda de que nacer en el seno de una familia de alcurnia facilita la carrera. Además, los borbones han tenido suerte en la vida, especialmente en lo que se refiere al amor profano y a las finanzas. Y ello a pesar de haber sido protagonistas destacados de leyendas de barra y rumores de lupanar, en las que se apuntan una serie de características que, asociadas, no dejarían en buen lugar a estirpe alguna. A través de historias apócrifas y libros malditos -en el sentido de que, pese a su valor, no suelen disfrutar de promoción mediática-, esta rama de la realeza europea se ha caracterizado por disfrutar, entre otras virtudes, de promiscuidad sexual, desmaña, rijosidad desatada, tendencia a la ninfomanía y al concubinato, felonía sentimental, gusto por la carne fresca, inmoralidad de corte regio, habilidad para los negocios y destacada afición al puterío y al ocio de altura, lo que incluye la caza y la pornografía. Precisamente, esto último llevó a alguno de sus miembros a convertirse en emprendedor destacado, siendo un pionero en la introducción en España, a finales del siglo XIX, de esta próspera industria. Curiosamente, mientras no hay pruebas ni existe un solo registro de rigor que demuestren alguna actividad ejemplar, la cadena borbónica ha acumulado a lo largo de los últimos siglos zonas oscuras y manchas sospechosas, cuando no evidencias mal tapadas, casi siempre silenciadas por la prensa y protegidas por los poderes públicos y privados. En su última etapa, desde aquel "tranquilo, Jordi, tranquilo" -que a estas alturas suena como un diálogo entre barandas dedicados al mismo negocio-, Juan Carlos de Borbón, el representante de la saga reinstaurada por un militar golpista y traidor, acumula un largo catálogo de indicios que harían de él, de confirmarse, un personaje repugnante, además de un delincuente. Por un lado, una conocida periodista de derechas, con un amplio conocimiento del entorno castrense, ha sugerido en varias ocasiones que su implicación en el golpe de Tejero fue doble: contribuir a organizarlo, primero, para presumir de desmontarlo después. Por otro, su vida privada está teñida de mala fama, en la que se mezclan los juegos de cama y la efectividad en la captación de comisiones. Sin embargo, el sistema democrático que disfrutamos es incapaz de investigarlo. Mátame camión.

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