09 de marzo de 2020
09.03.2020
El Observatorio

Palabras nuestras

08.03.2020 | 23:22
Palabras nuestras

El pasado 18 de diciembre la Academia Canaria de la Lengua publicó el libro Palabras nuestras con motivo del vigésimo aniversario de su creación, y les confieso que el sencillo título que lo identifica no fue el primero que se propuso. Se decidió tras largo debate y consideración de otras muchas propuestas que trataban de condensar el contenido de un conjunto de textos que los académicos habíamos elaborado tras elegir una palabra nuestra, un canarismo, que por algún motivo deseábamos resaltar con el objetivo último de compartirlo con quienes, como nosotros, reconocen en ellos las señas más claras de nuestra cultura, de nuestra historia y de nuestra identidad.

He seguido reflexionando sobre el título y el valor que el posesivo nuestro tiene en este concreto contexto, porque es verdad que son de común posesión todas las palabras que constituyen nuestro acervo léxico, ya sean canarismos o sean otras voces del español general, que es la lengua que nos une. Y, ciertamente, es así: tan de mi propiedad, de mi patrimonio lingüístico, son folelé, papapús o cigarrón como lo son libélula, abubilla o saltamontes, solo que las primeras están más íntimamente ligadas a mi cotidianidad; las otras, algo más alejadas, presentan un cierto grado de formalidad, pues siempre las había restringido a los límites del aula o del libro de texto de mis años escolares. Escribía libélula, pero decía folelé; leía golondrinas, pero hablaba de andoriñas; y utilizaba siempre ustedes y cantan y lo vi, por más que en la radio se escuchara, casi siempre, vosotros, cantáis, le vi. Solo la maestra —recuerdo— utilizaba pescozón, y también me acuerdo de que sentía aquellas infantiles reprensiones como variantes más suaves de los dolorosos cogotazos, que sí nos arreábamos entre nosotros. Tampoco fue haragán palabra totalmente mía, aunque con tanta frecuencia la utilizara la maestra a modo de pedagógico eufemismo cuando, hablando con nuestros padres, no quería expresar con toda la crudeza la poca disposición a dedicarnos a las tareas escolares: fuera de la clase éramos vagos, gandules o burros.
Aunque frecuentes también porque otros las repetían, no consideré completamente mías forajido, cuatrero, diligencia o comanche, en boca siempre de los personajes de los wésterns, género infantil del dominical matiné (wéstern y matiné, he dicho bien, y no se me criticará de ser purista). Ni siquiera el archiconocido rancho, espacio con lujosas edificaciones y extensos terrenos propiedad de los potentados millonarios americanos de las películas, fue palabra que formara parte activa de mi vocabulario; el rancho que alguna vez fue mío se ubicaba más al sur y era una vivienda pobre y normalmente urbana. Y es probable que este rancho yanqui fuera el causante de que se nos olvidaran otras denominaciones de fincas y casas solariegas más próximas a nuestra hispana realidad; no son muchos quienes hoy tienen como propias las denominaciones pazo (en Galicia), masía (en Cataluña), cortijo (en Andalucía), cigarral (en Toledo) o carmen (en Granada), una prueba más de este tipo de colonización cultural (¡Bienvenido Míster Marshall!). Y siguen penetrando las voces invasoras, que no son bienvenidas cuando consiguen que se arrinconen las propias, más precisas, por la superior influencia de lo angloamericano: confieso mi antipatía por coach ('entrenador', `preparador'), cool (`de moda', 'majo'), o shopping ('compras'); aunque mejor me llevo con best seller, overbooking y jet lag, pues lexicalizan conceptos difíciles de expresar de forma más concisa en español (libro de gran éxito comercial, sobreventa de billetes de avión o de plazas hoteleras, malestar causado por el desfase horario tras un viaje en avión), ejemplos de los que podrían considerarse neologismos necesarios.

Palabras hay, por otra parte, que, aunque poseedoras del más puro linaje de la lengua madre, no podría considerar totalmente mías: aladierna, conticinio, semicupio, igorrote, palabras fantasma, pues se representan en mi mente como "una niebla o una resonancia, una red de asociaciones no muy claras", como las definiría Héctor Abad Faciolince. Fantasma fue para mí ilécebra, hasta que me la descubrió una afortunada concursante de Pasapalabra. "Empieza por i", pregunta el presentador, "halago engañoso, cariñosa ficción que atrae y convence": ¡ilécebra!, responde resuelta y segura, y obtiene el bote millonario. Y yo me alegro por ella, aunque espero que no sea esta, la económica, la única razón por la que podríamos hablar del valor de la palabra. Porque no siempre gozan de una buena consideración. "Las palabras las carga el diablo, como las armas. Por eso, desde siempre, el hombre las ha usado con cuidado, no fueran a explotarle entra las manos. O entre los labios, para ser precisos", escribe Julio Llamazares ("Las palabras", El País, 2-1-07). Susana Fortes nos pregunta si nos fiaríamos de alguien a quien se le llenase la boca con la palabra intertextualidad o planteamiento emergente o techo competencial ("El verbo", El País, 28-9-06), y es que hay palabras creadas o reelaboradas con el único fin de ser utilizadas para asombrar o embaucar al receptor, y, como ciertos eufemismos mendaces, están muy próximas a lo que se ha venido en llamar "lenguaje políticamente correcto". Y este léxico también se renueva para cumplir con la misma vieja función; yo, por ejemplo, tampoco me fiaría demasiado de quien abusa de empoderar y gobernanza, proactivo y sinergia, implementar y visibilizar. Y no me pregunten ustedes el porqué de mi desconfianza.

Con menos ambición epática no faltan quienes se han puesto a la tarea de incorporar a su lenguaje cotidiano palabras y expresiones que consideran cultas y altisonantes: la locución poner en valor y el adjetivo espectacular son ejemplos de cómo el mimetismo cómodo e ignorante puede emborronar la sencilla y limpia expresión de las ideas. Obsérvese cómo ya nada se resalta, se valora, se reivindica o se reconoce, puesto que todo se pone en valor; y el rico paradigma de los adjetivos calificativos positivos (bueno, estupendo, magnífico, excelente€) se reduce al rimbombante espectacular. Así, de igual modo se puede poner en valor la habilidad improvisadora de un rapero callejero que el esfuerzo intelectual de un sesudo científico en biotecnología; e igual de espectacular se considera la impecable ejecución de un solo de violín como el apetitoso filete de carne de cochino negro servido en un guachinche, también, por cierto, calificado como espectacular.

Mejor, quizá, entretenernos en clasificar las palabras por sus propios méritos, como hizo Luis Feria en un excelente texto de Más que el mar (1986). Hay palabras que resuenan y que parece que se quedan suspendidas en el aire, como arándano, ánfora, oropéndola, anaconda, arrayán, sándalo, tarántula, gárgola€ También, por supuesto, las hay raras: paralelepípedo, prestidigitador, otorrinolaringólogo, lepidóptero, abracadabrante; graciosas, como sirimiri y titiritero, y hasta hondas, como zaguán.

En la Academia Canaria de la Lengua más que por las palabras extravagantes, confusas o grandilocuentes nos preocupamos por las más sencillas, las más próximas, las más nuestras, y no por el egoísta afán de apropiárnoslas y dejarlas, moribundas, en las gavetas de los fríos despachos, en las páginas amarillas de los viejos mamotretos. Nuestro afán es recuperarlas, revitalizarlas, ponerlas en circulación, devolverlas, en fin, a quienes siempre fueron sus verdaderos propietarios, por eso alongarse, beletén, chirrimil, coñobobo, empalambrase, fleje, folelé, gofio, jeito, magua, maresía, perenquén€, son Palabras nuestras, palabras de todos nosotros. Que ustedes las disfruten.


Catedrático de Lengua Española (ull) Presidente de la Academia Canaria de la Lengua

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