07 de marzo de 2020
07.03.2020

'La mar desnuda', de Fernando Delgado

Cuentan la historia de un monje que le preguntó al abad: "¿Puedo fumar mientras rezo?", a lo que el abad, visiblemente indignado, le contestó que no. Al día siguiente, el mismo monje solicitó entrevistarse de nuevo con su superior

07.03.2020 | 06:45

Cuentan la historia de un monje que le preguntó al abad: "¿Puedo fumar mientras rezo?", a lo que el abad, visiblemente indignado, le contestó que no. Al día siguiente, el mismo monje solicitó entrevistarse de nuevo con su superior, al que, en esta ocasión, le pidió permiso para rezar mientras fumaba. Y el abad se lo concedió de inmediato, feliz al ver el celo con que el monje había decidido entregarse a la oración.
Así pues, ¿es posible escribir auténtica poesía por encargo? Desde luego que no y, sin embargo, la historia está llena de encargos que dieron a luz maravillosas obras de arte. Pensemos, sin ir más lejos, en los grandes lienzos de nuestra pintura palaciega o religiosa. Buena parte del último libro de Fernando Delgado, La mar desnuda, podría decirse que es el fruto del encargo de un amigo, el conocido compositor Ernesto Halfter, quien nunca pudo cumplir con su parte del trabajo, que consistía en dar vida a esos textos en forma de ópera contemporánea. Fernando ha decidido, creo que buen criterio, poner ese libreto operístico al alcance de los lectores de poesía. El texto viene precedido por una breve serie de poemas entre los que destacan un peculiar homenaje a Sorolla, y otro a los herrajes de Chirino, textos en los que el autordeja unas pinceladas de su poética.
El texto central se basa en la historia de Tanausú, mencey o caudillo aborigen que se opuso hasta el final -pagándolo con su propia vida- a la conquista castellana de las islas Canarias a finales del siglo XV, así como en su historia de amor con Acerina. ¿Es posible, a estas alturas, escribir un poema épico, casi una epopeya, a partir de un mito como el que acabamos de citar? ¿No se corren ahí todos los peligros posibles por parte del poeta? Sin embargo, Fernando Delgado, echando mano de la música acentual y del lirismo -que aquí viene siempre teñido por el drama-, ha puesto en pie un poema con todos los aromas de los cantares de gesta, pero lo ha hecho casi como el que no quiere la cosa, casi con candor, como el niño que, jugueteando con la arena, se encuentra de pronto alzando las almenas de un castillo.
Mencey del Mar es un texto río, escrito con la cadencia ligera y ágil de los antiguos romances, que nos invita a dejarnos fluir con él, a leerlo, a canturrearlo en voz alta como un largo lamento. No se trata de un poema narrativo lineal, sino más bien de una serie de escenas en las que lo que importa, más que los hechos narrados, es su reflejo en el alma de los míticos personajes. Un hombre y una mujer, el amor, pero también la guerra€ de ese grave aliento homérico participa este texto singular. Su tono alzado -como cumple al género operístico para el que fue escrito en primera instancia- no impide al lector, que se acerca al texto aceptando la propuesta, encontrarse de continuo con pasajes líricos donde la intimidad y el silencio, en forma de mar y sol, de tierras volcánicas y cielos claros, van dándole al poema una profundidad callada, un clima sonámbulo de olvido por debajo de la acción trepidante, de los espíritus rotos y los amores heroicos.
Los que conocemos a Fernando, que ha tenido a bien hacerse valenciano de Faura, sabemos que también respira insularidad por todos los poros de su piel, y se diría que la historia de Acerina y Tanausú, localizada en hermosos parajes naturales tan queridos para él, le ha venido de perlas para animarse a entonar -como Manuel Padorno- su particular canto atlántico. Con su música afinada, con sus imágenes poderosas, con su dramatismo a flor de piel, hay en la superficie de Mencey del mar un poema épico de vistosos colores. Sin embargo, en el trasfondo de ese que leemos a primera vista, se escucha otro poema de carácter más íntimo, casi secreto, que está hecho de vientos salinos, de desfiladeros quemados por el sol, de dragos milenarios, del eterno vaivén de las mareas, de soledades, lejanías, de todo eso que también somos en mitad de la batalla de los días. Entre el amor, la guerra y la muerte, el poeta canta a la tierra que nos sostiene, al mar que nos hace libres, a los cielos luminosos de sus islas. Pero el lector tendrá que aguzar el oído para escuchar, por detrás del hermoso lamento sostenido, ese canto telúrico de amor.

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