26 de febrero de 2020
26.02.2020

Reunioncitas

A mí también me encanta la ambigüa estética de las reuniones oficiales. El código espacial: cada uno en su sitio. El presidente Mac Gyver ahí, en el centro y al fondo, y los demás como guirnaldas de navidades negras en una larga mesa

25.02.2020 | 23:08
Reunioncitas

A mí también me encanta la ambigüa estética de las reuniones oficiales. El código espacial: cada uno en su sitio. El presidente Mac Gyver ahí, en el centro y al fondo, y los demás -consejeras, presidentes, consejeros, directores generales- como guirnaldas de navidades negras en una larga mesa, juntos como la Comunidad del Anillo los elfos, medianos, orcos, brujos y enanos de todas las administraciones públicas. Cada uno en su silla y con una carpeta enfrente y acaso un sobrio botellín de agua. Observando pasmados una diapositiva o asintiendo repetidamente, con pasión irreprimible, mientras escuchan la alocución del presidente. Proyectando, en definitiva, una imagen moderna de políticos que se sienten parte de un magnífico equipo alimentado solo por la responsabilidad y la eficacia, aunque la mitad no sepa muy bien de que va metodológicamente la reunión.

La reunión va, sobre todo, de la reunión misma. Es su principal resultado. La reunión se celebra para informar sobre la celebración de la reunión. Y el presidente del Gobierno, naturalmente, la preside, porque no hay desgracia económica, climática, medioambiental o vírica en la que no aparezca el jefe del Ejecutivo, hasta el punto de que cabe sospechar que en el equipo de comunicación presidencial se ha contratado un gafe para que no dejen de llegar catástrofes y el jefe pueda sobrevolarlas olímpicamente como guirre fénix -siempre resucitando de las cenizas -- en la defensa de los ciudadanos. Yo creo que sé quién es el cenizo: siempre ha atraído la mala suerte con una mediocridad magnética y siempre se las ha arreglado para ofrecerla como una oportunidad que solo él es capaz de gestionar.

El enfermo es italiano. Italiano de Italia, de la zona caliente, para mayor precisión. No es el primer infectado, pero no podemos afirmar que sea el último. No entiendo su pregunta. Ah, la mujer del ciudadano italiano ha dado positivo. Hay que confiar en los profesionales de nuestro sistema sanitario. No hay motivo para la alarma y por eso no dejamos salir a nadie del hotel. No entiendo su pregunta. No sé si el presidente quiere decir algo. No, solo que somos los mejores. La mortalidad es muy baja. Estamos perfectamente dotados para. No. Sí. No entiendo su pregunta. Todo este vaivén verbal es sin duda admirable. Pero los chinchosos echan de menos otras cosas. Hace un mes se detectó en La Gomera el primer paciente con el coronavirus de origen chino. De hecho fue el primer afectado en toda España. Y aparte de cumbres, cumbrecitas, llanos y reuniones - espléndidas, preciosas, de una belleza entre futurista y gótica - y de un teléfono informativo gratuito se ha renunciado a casi cualquier otro recurso o vía pedagógica para contrarrestrar la escandalera apocalíptica de las redes sociales y de muchos (demasiados) medios de comunicación. Menos políticos y más técnicos explicando con laconismo y precisión lo que pasa. Un mínimo de consejos profilácticos en centros sociales, empresas y escuelas. Nunca he entendido para qué el Gobierno de Canarias dispone de una televisión autonómica. Porque una tele autonómica sirve para esto de ahora: para informar a la población que no ocurre una fruslería, pero que tampoco nos amenaza un exterminio. Con entrevistas, espacios divulgativos, indicaciones. Venga. No es tan difícil para la Comunidad del Anillo. Ni siquiera para Sam.

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