23 de febrero de 2020
23.02.2020
EDITORIAL

'Carnaval, te quiero'

23.02.2020 | 01:38

Santa Cruz de Tenerife vive con intensidad el Carnaval en la calle. La fiesta de la máscara reina en su esplendor. Está en temporada alta coronando los casi seis meses de ensayos a los que se han entregado más de cinco mil componentes desde que acabó el verano. La celebración en la calle es imparable y es precisamente el escenario natural de la Fiesta de Interés Turístico Internacional.

Dentro del calendario festivo no escrito se distinguen tres períodos de Carnaval: el más amplio y curiosamente sin tantos focos mediáticos abarca el periodo de ensayos que da paso en la segunda quincena de enero al inicio de los concursos y el tercer momento, ya de máxima brillantez, cuando la fantasía conquista la vía pública y los grupos oficiales ceden el protagonismo de los certámenes a decenas de miles de anónimos amantes de la fiesta. Precisamente esa es la seña de identidad de un Carnaval que es el techo común para vecinos y visitantes, para miembros de grupos oficiales y esos desconocidos participantes, donde el único requisito es salir disfrazado y con ganas de pasarlo bien bajo la premisa, en caso de algún contratiempo, de la consabida frase: 'Déjalo para mañana, que estamos en Carnaval'.

No hay dinero público que permita fabricar una fiesta como la chicharrera, donde se entremezclan los sentimientos, la novelería y hasta la tradición. Y de ese cóctel, de forma innata, se transmite el Carnaval de generación en generación. Desde los bailes de época a finales del siglo XVII hasta el testigo que asumieron las primeras rondallas, formaciones pioneras de la fiesta de la máscara desde el siglo XIX para luego desembarcar a la bahía chicharrera la murga disfrazada de chirigota (que atracó en el buque cañonero 'Laya', en 1917), hasta la incorporación de la comparsa, desde 1965; o un género propio, como los grupos coreográficos, desde 1970. Ese es el ADN del carnavalero, que se emociona con un 'Santa Cruz en Carnaval', que hasta en tres oportunidades se entonó en la gala, y mantiene en el recuerdo, como si fuera ayer, la actuación conjunta de las rondallas en 1987, en la plaza de toros, entonando el 'Bendita mi tierra guanche'. Son señas de identidad.

El Carnaval de Tenerife es mucho más que una cifra, aunque admite una comparativa: más de 250.000 personas bailaron en el cuadrilátero festivo con Celia Cruz en 1987 o unas 400.000 se congregaron el año pasado, cuando en la capital chicharrera 'llovía café'.

Detrás de la frialdad de los números se descubren personas que son el verdadero corazón de la fiesta. Unos más conocidos que otros: los maestros Manuel Hernández, Aníbal Pérez, José Manuel Cabrera, Faustino Torres, Pepito Pérez... voces inolvidables como Sara Khoury. Son solo algunos nombres de la esencia de la lírica, que nuestros rondalleros ampliarán tanto con otros directores como con componentes que se han dedicado en cuerpo y alma a este género. Igual se puede decir desde la incorporación desde 1961 de las murgas, con Enrique González Bethencourt, con letristas que hicieron época, como el célebre Navarrito o el mismísimo Nicolás Mingorance, que sigue desde la primera fila del local de la Ni Fú-Ni Fá y hoy en la plaza del Príncipe la evolución de la Afilarmónica de sus amores, murga madre de Canarias. Mención especial para Manolo Monzón, que importó de América las comparsas chicharreras que sirven de tarjeta de presentación de la fiesta de la máscara, exponente de una generación: Alejandro Antonio, Vicente Cruz...

Estamos en una edición 'cincuentona'. Con la tercera murga adulta en activo celebrando las bodas de oro de su fundación, caso de Diablos Locos, donde su director, Maxi Carvajal, también celebra 25 años al frente del grupo junto a su inseparable Víctor Asensio. También están de cumpleaños las agrupaciones coreográficas, de la mano de Los Bohemios, la pionera que, haya frío o calor, han defendido durante 50 años Pepín y Peque Guiance, o la formación infantil Rebeldes, del artesano murguero Paco Cortés, 'maestro' de murgueros. Muchos de aquellos niños que pasaron hace décadas hoy militan en grupos adultos. ¡Cómo olvidar a los máximos exponentes del arte efímero que suponen los trajes de reinas!: desde las recordadas María Isabel Coello o Hermógenes Guisado a diseñadores que desde los años sesenta y setenta han contribuido a engrandecer la belleza de las fantasías que pasean las candidatas a reinas, como los decanos Luis Dávila y Miguel Ángel Castilla, y los inventores e innovadores Justo Gutiérrez y Leo Martínez, exponentes de una majestuosa generación en la que participaron José Julio Rodríguez y Juan Fajardo, Carlos Nieves... y hasta el ingenio de Goyo Arteaga... ¡Quién no recuerda su 'Sangre de drago'!

Frente a estas pinceladas de nuestra historia contemporánea del Carnaval, quizás el paso de los años nos permitirá disfrutar de los hitos de esta edición que se ha diluido más en si Paulina Rubio cobró 100.000 euros en vez de valorar si su repercusión mediática puede superar el millón de euros; cuestionar si la gala duró 20 minutos menos que la anterior o no fue tan divertida como la de ediciones anteriores en vez de recordar que 2020 fue la primera vez que una rondalla femenina logró el primer premio de Interpretación, caso de Valkirias, de Vicky López. O cuando Javier Torres Franquis 'llevó' los escenarios de la plaza de España al recinto ferial; o Javier Nóbrega, que 'nació' como artista haciendo logos de murgas, no solo hizo un cartel de cómic sino que disfrazó a toda la ciudad y hasta algunas de sus sociedades, como El Recreo, con sus dibujos. Incluso, que diseñadores tan admirados como María Díaz y Marco Marrero, ganadores del cetro de la reina en tres ediciones (de 1993 a 1995), dirigieron la misma gala del Carnaval en la que sus candidatas desfilaron hace más de 25 años, mientras ellos hoy se codean a la altura de las pasarelas de alta costura en Barcelona o Nueva York.

La fiesta se compone de detalles, que tienen una carga afectiva muy grande por más que no acaparen grandes titulares porque nos hemos acostumbrado a convivir con ellos. Dos ejemplos. Esta edición regresa a concurso Marchilongas, la murga femenina decana, después de un año sabático. Es un orgullo que Santa Cruz cuente desde 1972 con murgas infantiles, y en la actualidad tenga casi una veintena, mientras precisamente se está intentando revitalizar en el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria esta modalidad que desapareció.

Ahora reina la calle. Desde la Cabalgata, cuando los grupos entregaron el protagonismo a los vecinos, al Sábado de Carnaval –que llevó la fiesta a Ofra– a la espera de que el viento dé una tregua, tras la suspensión de los bailes de anoche, y permita celebrar hoy el Carnaval de Día. Es tiempo de disfrutar de la fiesta, desde el derecho al descanso y también al ocio. Articulando los medios, como se ha trabajado desde el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, para que todo esté listo. No solo los grupos disfrutan de un montaje artístico y técnico que es la envidia de los artistas de primer orden internacional, también la ciudad centra sus esfuerzos para que todo transcurra con normalidad, como si decenas de miles de personas no hubieran tomado la ciudad por la noche y la madrugada al ritmo de las orquestas que amenizan las veladas en Francisco La Roche, la plaza de La Candelaria o la del Príncipe, imagen que contrasta la mañana del miércoles cuando hay que volver a la oficina y reabrir el comercio.

Santa Cruz de Tenerife ha vivido también una edición de transición. De cambio. De evolución. Bajo un nuevo signo político que cierra una etapa anterior, pero sin renunciar a los valores que cultivó en el Carnaval el propio Manuel Hermoso Rojas, uno de los padres de la fiesta contemporánea, como reconoce la nueva alcaldesa Patricia Hernández. Con independencia del color político, es Carnaval. Por eso, la capital gana si tiene el mejor escenario, el cartel más representativo o con el que se identifique el pueblo, los mejores medios para celebrar los concursos y todo a punto para que vecinos y visitantes disfruten juntos y en la calle. Porque el Carnaval es pasión. Es un sentimiento, que contagia, donde cada chicharrero es el mejor embajador de Santa Cruz en Carnaval. Quizás porque se ha convertido en un tópico el milagro del Carnaval, toca agradecer tantas horas de entrega, tanta renuncia a la familia, tantas horas de sueño perdidas... y vivir como privilegiados algo que no se fabrica sino que nace en la cuna: 'Carnaval, te quiero'.

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