16 de febrero de 2020
16.02.2020
Testigo de calle

Pardellas y la energía secreta de la radio

Mi madre creía que era un aparato diabólico, porque emitía palabras y otros sonidos sin que el origen de esos ruidos humanos o musicales o de cualquier otra naturaleza fueran las personas o las guitarras o las cosas

15.02.2020 | 21:44
Pardellas y la energía secreta de la radio

No hay época consciente de mi vida en que no haya estado pendiente de la radio. Mi madre creía que era un aparato diabólico, porque emitía palabras y otros sonidos sin que el origen de esos ruidos humanos o musicales o de cualquier otra naturaleza fueran las personas o las guitarras o las cosas. Algo que venía de la zona misteriosa de la vida que se llama éter y se colaba en casa según la voluntad de una tecla le parecía a ella algo del demonio. Es curioso: nunca le parecía que la procedencia fuera divina. Hasta que la radio se hizo dueña de la casa, de todos los cuartos de la casa.

Cuando ya la radio estuvo reinando en la casa sin que las sospechas de mi madre pudieran ahuyentarla, aquel enorme aparato que había comprado mi padre en un descuido fue situado en medio de la sala. A veces mi padre buscaba emisoras, por entretenerse. Una vez encontró que había un dial que emitía sonidos propios de los barcos. Él creía que era directamente del muelle de Santa Cruz de donde venían esos sonidos. Terminé creyendo que era una simple interferencia. Él se quedaba horas escuchando aquellas bocinas, pues todo lo que venía por la radio le resultaba fascinante, misterioso y real, y lo entretenía hasta hacerle olvidar muchas de las horribles realidades que también inquietaban a mi madre.

Hasta que descubrí Radio Juventud de Canarias, donde trabajaba desde muy chico mi amigo Fernando Delgado, a quien conocí en uno de los exámenes de bachillerato. Ver a alguien en persona al que había escuchado por la radio me resultó un acontecimiento espectacular, increíble. No se lo conté a mi madre en seguida porque imaginé que a ella le haría otra vez el efecto de estar ante una cosa propia del demonio. Una de las cosas que sucedió entonces, bastante inquietante, fue que supe, por el propio Fernando, que muchas veces la radio emitía voces grabadas, de modo que el propio amigo nuevo al que había conocido en las aulas del Instituto podía estar allí examinándose mientras su voz sonaba por aquel aparato diabólico o divino.

En Radio Juventud descubrí pronto otras voces, Goyo, Maite Acarreta, Paco Padrón?, hasta que llegó a la vida de mis oídos José Antonio Pardellas y su Café con música. Sobre las tres de la tarde se colaba esa voz alegre, vital, como venida de la estratosfera del entusiasmo, a combinar música y palabras con una energía que parecía no conocer el sueño. Pues estaba a todas horas, no sólo cuando sonaba ese espacio en el que alguna vez oyentes desaprensivos le gastaban bromas que él arrostraba con ironía gallega, la raíz de su procedencia.

En aquella época conocí otros diales, como los de Radio Nacional de España en sus muy diversas sintonías provinciales, incluida la de Barcelona, desde donde Federico Gallo y Jorge Arandes hacían Fiesta en el aire, el mejor espacio radiofónico nacional de aquellos tiempos, junto a Matilde, Perico y Periquín de la Ser (entonces Sociedad Española de Radiodifusión) y el programa de humor más genial que escuché entonces, el que, en la misma cadena, protagonizaba Pepe Iglesias El Zorro.

De todos aquellos radiofonistas que alegraron mi vida, me enseñaron a leer y a escribir, y le dieron sentido a las horas que pasé en una convalecencia que duró hasta después de mi adolescencia, sobresalió la energía de Pardellas?, hasta ahora mismo. Por todo lo que ha hecho, en Radio Juventud de Canarias, en Radio Nacional (donde fue de todo, hasta director), mereció premios destacadísimos del oficio, como el Ondas. Ha tenido también el premio mayor posible, el de haber resistido como un influyente periodista del medio más vivo sin haber perdido nunca el sentido del ritmo humano que hay que escuchar para no perder nunca ni el tino ni el tono que, en este oficio, como en cualquier otro, hay que conservar para mantener el criterio sin romper el rigor ni el sentido de la amistad.

Muchas veces, de vuelta a la isla, adonde siempre vuelvo aunque no esté en ella, siento su voz, en la casa o en los taxis, y me pregunto de dónde le viene, aún, esa pasión con la que se inauguró en Radio Juventud. Mantener la energía es consecuencia de la voluntad de durar, pero no sólo: hay en el origen de toda energía humana una convicción de servicio que es la que, desde mi punto de vista, distingue a José Antonio Pardellas. Su voluntad es la de ayudar a que los demás sean felices, pues la radio no sólo nació para informar y entretener. La radio está dedicada, sobre todo, a aliviar la soledad, a hacernos creer que, en el mayor desamparo, siempre hay una voz que te llama para hacerte compañía. Ahora que ha sido el Día Internacional de la Radio he sentido que debo agradecerle a Pardellas, y con él a todos sus compañeros de entonces, que en los momentos en que mi madre ya toleró que hubiera radio él nos trajera a casa la sensación de que nadie, ni yo mismo, estaba.

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