05 de febrero de 2020
05.02.2020
Retiro lo escrito

Que no es poco

El hacer lo que uno quiere es un reto destinado a fracaso, una épica de la ridiculez, una confusión interna que no mueve una mota del universo

05.02.2020 | 00:02
Que no es poco

El hacer lo que uno quiere es un reto destinado a fracaso, una épica de la ridiculez, una confusión interna que no mueve una mota del universo. Excepto cuando se consigue, algo que nadie sabe cómo se hace. José Luis Cuerda hizo, cuando alcanzó la madurez, el cine que quiso y los críticos, profesores y productores no dieron un duro por su futuro al ver Amanece que no es poco, una película que, en efecto, recaudó muy poco en los días de su estreno. ¿Cómo lo hizo? Recuerdo un filme olvidado, Harvey, y protagonizado por Jimmy Stewart, que interpreta a un hombre afable y cariñoso cuyo principal amigo es un conejo blanco de dos metros. Un amigo roedor, divertido e inexistente. Los familiares, alarmados, lo envían a un psicólogo. "Tiene usted que luchar", le dice, "enfrentarse a la realidad". "Pero, doctor", le comenta sonriente el amigo de Harvey, "no combato con la realidad porque ya le he ganado".

La única manera de enfrentarse con la realidad para hacer lo que te da la gana es ganarle la partida, aun al precio de que no se entere nadie. Cuerda lo debió hacer así, entre la resignación y el sarcasmo, para escribir su extraordinaria trilogía anarquista y hedonista en el que simplemente dejó fluir un torrente de imágenes y palabras, sobre todo palabras, una burla inaudita de la realidad con la que están hechos nuestros estreñimientos, que algunos confunden con nuestros sueños. No son películas que pretendan criticar ideologías e instituciones concretas, sino subvertir los códigos del lenguaje por el gusto de sabotearlos, de reírse de todo pero sin dejar de observar nada. Reírse de todo es tomarse las cosas en serio justo el tiempo necesario. Por eso Amanece que no es poco o Tiempo después tienen una estructura fragmentaria, una voluntad sumatoria, porque todo lo necesario se dice de una sentada, como un aforismo cargado de lógica imbatible ("Yo podía haber sido una leyenda? o una epopeya si nos juntamos varios") o un reproche indignado, al borde de las lágrimas ("Y ahora me dicen que ha escrito usted Luz de agosto, la novela de Faulkner? ¿Es que no sabe que en este pueblo lo que hay es una verdadera devoción por Faulkner?") No creo que Cuerda tuviera una gran admiración por la condición humana, pero está muy claro lo que más le interesaba y de lo que más se reía sin remedio: la religión, la autoridad, el sexo, el lenguaje como principio de orden, la soledad coral de los que no se enteran de nada pero creen pertenecer a un orden que los confirma y que los protege en medio de necedades absurdas.

Porque ese orden es frágil, atrabiliario y grotesco y bien puede conducir a que amanezca por donde no debe ni puede, lo que será objeto de miles de chismes y chascarrillos, de sermones o de comentarios sobre Schopenhauer en las huertas de coles, pero no de ninguna perturbación que no sea la propia chifladura colectiva y cotidiana. Cuerda no quería satirizar nada en realidad. Su crítica no era política y social, sino ontológica. Y es que no hay remedio y él lo sabía perfectamente y eso obliga a que Tiempo después -otra gran comedia- no termine ya con una ocurrencia descojonante, sino bajo el peso de la melancolía.

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