Creo que la mejor etiqueta conceptual del movimiento independentista catalán que impulsó el procesismo -que, como recuerda Guillem Martínez, es una maquinaria publicitaria y simbólica cuyo principal objetivo es su continuidad indefinida y no precisamente la construcción de un Estado- es muy antigua, formal y conocida: son unos patriotas. Unos pedazos de patriotas. He aquí que la derecha catalanista contemporánea -cuyo fundador es un ladrón y el patriarca de una familia de ladrones- ve implosionar su partido por una corrupción insaciable y se transforma en independentista -llevaba preparando el terreno cultural y académico hace años- para no ser desalojada del poder. Oriol Junqueras descubre que a veces Dios -o Wifredo El Pilós- escribe con renglones torcidos: por fin el timorato catalanismo se atreve a desafiar el autonomismo, por las razones que sea, qué más da, y hay que aprovecharlo.

Por último, un grupito plataformero, la CUP, mosaico de partidetes y activistas revolucionarios fin de semana, se suma a la jarana: irán con la burguesía hasta la independencia, pero a partir de ese punto la combatirán a muerte para implantar desde Manresa una sociedad sin clases. Descontando unas raíces históricas y políticas objetivas el independentismo procesista se explicaba porque ofrecía el horizonte de una salida a la crisis económica, los recortes y la pérdida de cohesión social.

Todo mejoraría sustancialmente con la independencia y un Estado propio, lo que, por cierto, es un recurso estupendo para seguir recortando presupuestos sociales y derechos ciudadanos hasta que llegue el Estado propio.

Exconvergentes y republicanos jugaron a insubordinarse frente al Estado y conculcaron la Constitución, el Estatuto de Autonomía e incluso la normativa que aprobó el Parlament para desconectar con el Estado español. Recuerdo que en una película cateta de los años setenta -el poslandismo- un desgraciado se disculpa al ser sorprendida por su esposa en un prostíbulo: "¡Paca, que fue la puntita, solo la puntita!". Después, en el juicio, los que no pudieron o quisieron huir al extranjero argumentaron algo parecido ante el tribunal. Si no hicieron nada. Atender la puntita del pueblo, pero solo la puntita, para introducirla en urnas de juguete. ¿Y por eso años de cárcel e inhabilitación? Esto confirma que España es una dictadura, porque en Alemania, Reino Unido o Francia te dejan anunciar la independencia y convocar referéndums ilegales todos los martes y jueves, y los domingos, alternativamente.

Ahora dirige la Generalitat -en fin- un presidente inhabilitado y ninguneado por sus socios de gobierno que anuncia que habrá elecciones anticipadas en Cataluña pero después de que le aprueben los presupuestos mientras Pedro Sánchez dice que se pospone la comisión intergubernamental entre Madrid y Barcelona para desdecirse cuatro horas después, Gabriel Rufián pasa la tarde en La Moncloa, Iceta sonríe, se preparan (o no) las reformas del Código Penal.

Definitivamente la política ha acabado y nos quedan una infinidad de contingencias de las que nadie se hace responsable y es imposible informar cabalmente. Al igual que en el trabajo o en el universo sentimental ya no se trata de construir proyectos responsables y consensuales, sino de sobrevivir seis meses más hasta el siguiente curro, la siguiente pareja, las siguientes elecciones donde se elige patria, o progresismo o España entera y verdadera, grande y libre.