10 de enero de 2020
10.01.2020

El significante Sánchez

En su momento, José Luis Rodríguez Zapatero fue la última encarnación de un gobernante más o menos socialdemócrata -bueno, más socioliberal que socialdemócrata-

09.01.2020 | 23:06
El significante Sánchez

En su momento, José Luis Rodríguez Zapatero fue la última encarnación de un gobernante más o menos socialdemócrata -bueno, más socioliberal que socialdemócrata- que sobre sus mediocridades inauguró un espacio político y jurídico, el de nuevos derechos que ampliaban y fortalecían el concepto de ciudadanía -matrimonio igualitario- y las políticas de la memoria histórica. Por lo demás sus gobiernos aumentaron discretamente el gasto social y la inversión pública, pero no se preocuparon en absoluto por corregir la estructura productiva del país, las ineficiencias del Estado de Bienestar, los abusos especulativos de las élites extractivas o los óxidos del sistema constitucional. Pero Rodríguez Zapatero -con esos carteles en el que las siglas ZP eran mayores que las siglas PSOE- seguía siendo un político o, más exactamente, un producto político.

Pedro Sánchez es el primer dirigente posmoderno de las Españas muchas, pequeñas y cabreadas. Un político posmoderno es aquel que alcanza el poder y lo mantiene -a través del cinismo y el marketing- en un significante vacío que tiene la habilidad de saber ser rellenado por los demás. Sánchez es un político al que (como mínimo) su base electoral no espera que se atenga aproximadamente a sus compromisos públicos o su programa electoral, lo que significa quedar exento de críticas. Su prestigio no se deriva de ganar ampliamente las elecciones, sino de no perderlas demasiado. No proviene de hacer reformas, sino de proclamar que jamás se renunciará a las reformas para mejorar la vida de los más humildes. No se caracteriza por la voluntad de llegar a acuerdos transversales -sin los cuales es imposible alcanzar consensos básicos y no reversibles-con fuerzas ajenas a su ámbito ideológico, sino por sumar votos, voluntades y ambiciones contradictorias frente a la amenaza de otra mayoría sin abandonar jamás una inmaculada superioridad moral. El político posmoderno miente para que sus votantes y simpatizantes puedan mentirse a sí mismos. No se trata de sustituir la verdad por la mentira, sino por la ecuánime destrucción de ambas categorías, como adelantó hace mucho Hannah Arendt.

Sánchez ganó así una moción de censura y, el pasado año, dos elecciones generales. Si hubiera convocado los comicios noventa días después de desalojar a Mariano Rajoy estaría hoy en el poder con entre 150 y 160 diputados: prefirió acaparar todos los cargos y herramientas de la administración del Estado. Ahora ha inventado cuatro ministerios competencialmente depauperados para UP -cometiendo de nuevo la estupidez de desgajar la Universidad -y va a designar tres vicepresidencias para que Pablo Iglesias no abulte mucho. Esta, en fin, era la gran oportunidad histórica que la izquierda no podía desechar. Podemos no pondrá problemas: el poder frenará sus tensiones internas y sus tentaciones implosivas. Pero el independentismo catalán no descansará. Por supuesto que quiere negociar, con un matiz: ERC no negocia objetivos, sino cronogramas, y sus más altos representantes ya hablan de amnistías, de retirada de recursos judiciales, de consultas de aquí a un año, de compromisos explícitos antes de votar los presupuestos generales del Estado. Poco antes de la Revolución de Octubre, Lenin y Trotsky discutieron sobre el futuro. "Me preocupa no llegar ahora al poder", dijo Lenin. "Pues a mí lo que me preocupa es llegar ahora", replicó Trotsky. Menos autosatisfacción, menos lagrimitas y un poco de realismo trotskista no estaría mal.

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