08 de enero de 2020
08.01.2020

...Y un huevo (que no es huevo)

Viene de la gallina, tiene una cáscara blanca, llena por dentro por una masa densa llamada clara y otra interior llamada yema. Pero no es un huevo.

07.01.2020 | 21:15
...Y un huevo (que no es huevo)

Viene de la gallina, tiene una cáscara blanca, llena por dentro por una masa densa llamada clara y otra interior llamada yema. Pero no es un huevo.

Pedro Sánchez Pérez-Castejón -y dos piedras- ya es presidente. Y su Gobierno exprés ha pactado con Esquerra Republicana hacer consulta popular entre los ciudadanos de Cataluña para conocer su opinión sobre los acuerdos que alcancen PSOE y ERC. Un referéndum consultivo es, casualmente, una consulta no vinculante. Pero, para nuestro nuevo-viejo presidente la consulta que ha pactado no es un referéndum, de la misma forma que lo que sale por el culo de la gallina no es un huevo. De hecho a veces simplemente es mierda. Y en ocasiones es un huevo y una mierda juntos. Como creo que es el caso.

Ciertamente el PSOE estaba acorralado en una situación de extrema dificultad. No podía convocar nuevas elecciones porque serían, previsiblemente, un desastre para ellos. Y no contaban con el apoyo responsable de PP o Ciudadanos para permitirles un gobierno constitucional que, además, tendría poco futuro, por lo antagónico de sus programas. Su único camino era tragarse al mismo Pablo Iglesias que Sánchez rechazaba como a la peste solo unas semanas antes y llegar a un acuerdo con la facción más cuerda de los independentistas catalanes.

Adquirir las adhesiones de vascos, valencianos o turolenses es bastante fácil, porque solo implica tirar del talonario. En el caso de Cataluña el precio será más complicado porque no solo es sexo, sino amor. No solo tendrán que soltarles una pasta gansa, sino que existe un marco patriótico y emocional potencialmente explosivo.

ERC no podía permitir la investidura de Sánchez si no le ofrecía a sus bases un botín lo suficientemente tentador como para seducirlas. Por eso se han puesto tan chulos en la investidura. Porque estaba en el guión. No les quedaba otra.

Sánchez piensa que aunque el riesgo político es enorme, merece la pena correrlo. Como la lechera, se ha hecho su propio cuento. Ayer se invistió gloriosamente como presidente. Torra, inhabilitado y cabreado, convocará elecciones en Cataluña si lo estrangula un poquito. Junqueras, con Esquerra, gana las autonómicas. El Partido Socialista de Cataluña y la gente de Podems apoyan a ERC para hacerse con la presidencia Generalidad. Se cargan a Puigdemont. Dividen al soberanismo. Pacifican Cataluña y él gobernará plácidamente con un domesticado Pablo Iglesias. Victoria total y comemos perdices.

Pero ya se sabe que los planes de hombres y de ratones a menudo acaban en frustraciones. El PSOE de Sánchez acaba de traspasar una frontera que conduce a una terra incógnita política. El acto de negociación con los independentistas no solo ha cabreado al cántabro Revilla, un populista de fino olfato para ventear los desastres, sino a una gran parte del país que está de los catalanes hasta mucho más arriba de las amígdalas. Las simpatías ciudadanas por los socialistas se podrían desplomar con una intensidad que ahora mismo es difícil de calcular. Si su plan no funciona, Sánchez habrá cavado una tumba muy honda.

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