04 de enero de 2020
04.01.2020

Acuérdate de nosotros

04.01.2020 | 01:23
Acuérdate de nosotros

Al fondo de una cantera abandonada, a unos veinte kilómetros de Toledo, en medio de la España vacía -una planicie inhóspita, seca, de color indefinido, casi sin árboles, casi sin casas-, un grafitero -hombre o mujer, eso no lo sabemos- había escrito un mensaje en grandes letras azules y blancas: "Remember us", "Acuérdate de nosotros". ¿De quién tenía que acordarme?, me pregunté cuando pasaba en coche frente a la cantera. El grafitero -o los grafiteros, quienes fuesen- no habían firmado su obra. Nadie podía saber quiénes eran. Y aun así, nos suplicaban, casi nos gritaban a los conductores que pasábamos por la autopista que nos acordáramos de ellos. "Remember us", "¡Acuérdate de nosotros!"

Supongo que no había muchas diferencias entre aquella pintada olvidada en una cantera y las inscripciones de las tumbas romanas que también se situaban al margen de los caminos. "Aquí yace Licinia Licinilla, que falleció a los treinta y cinco años, cuatro meses y ocho días. Caminante, te ruego que digas por ella: Que la tierra te sea leve", eso dice una lápida encontrada en Itálica. La tumba del poeta Yeats, en el pequeño cementerio de Drumcliff (en el condado de Sligo, en Irlanda), también tiene un epitafio inspirado en esta antigua costumbre romana (lo compuso el propio Yeats con una especie de arrogante desapego): "Echa una fría mirada/ a la vida, a la muerte. Pasa de largo, jinete". Imagino que los grafiteros que pintaron la cantera no sabían nada de esa antigua tradición, pero al suplicarnos que nos acordáramos de ellos estaban imitando lo mismo que hacían los romanos hace dos mil años. En Beja, en el centro de Portugal, apareció una lápida que tenía esta inscripción: "Vete, o mejor aún, vuela, que ahora eres tú quien lees, pero luego tú mismo serás leído". Sabemos que aquella inscripción se hizo para una joven que se llamaba Nise, muerta a los veinticinco años. Y la mandaron poner su padre Inachus y su madre Io. De esas tres personas -tan lejanas, tan nebulosas- sabemos más cosas que de los autores de la pintada en la cantera, esos grafiteros que sin decirnos quiénes eran nos pedían que nos acordáramos de ellos.

En dos mil años, el deseo de ser recordado es prácticamente el mismo entre todos los seres humanos, aunque las circunstancias evidentemente hayan cambiado. Hace poco busqué en Google a uno de mis abuelos, muerto en los años 50 del siglo pasado. La única referencia que quedaba de él -su única huella digital, por así decirlo- era una referencia a una compraventa de fincas rústicas en un ejemplar del BOE que alguien se había tomado la molestia de escanear. Aparte de eso no había nada, nada de nada. Mis dos abuelas ni siquiera habían dejado ese mínimo rastro perdido en un Boletín Oficial. En Google no tenían existencia de ninguna clase, y su rastro era mucho más leve que el de Nise, la hija de Inachus e Io, o que el de la desafortunada Licinia Licinilla, muerta a los treinta y cinco años, cuatro meses y ocho días. Y en cambio, cualquier adolescente actual, incluso nacido en un lugar olvidado del Tercer Mundo, ha dejado un rastro digital mucho más vasto que el que dejaron mis abuelos. Ahora mismo veo en Facebook un grupo creado en Gitega, en el interior de Burundi, por los fans adolescentes del grupo musical Mc StarBoy. Hace treinta y pico años, cuando entrabas en Gitega por la carretera lo primero que veías era el tam-tam con el que se trasmitían las noticias más importantes. Ahora, los componentes de Mc StarBoy se dirigen a sus muchos fans a través de su cuenta de Facebook. Y a su modo, los Mc StarBoy también les dicen: "Remember us", "No os olvidéis de nosotros".

¿Hay alguna diferencia interesante entre la gente que sabía que su vida no iba a dejar rastro alguno y la gente que pretende dejar una huella constante de su paso por esta tierra, aunque al final esa huella quede sepultada en una montaña gigantesca de información inútil? En términos históricos -basta pensar en el cruento siglo XX-, nuestra obsesión por dejar rastro en todas partes ("Remember us") parece salir mejor parada. Se mire como se mire, vivimos en un mundo infinitamente mejor. Pero no sé si se podría decir lo mismo en términos estrictamente individuales. Hay algo conmovedor -y que de algún modo también resulta aleccionador- en tratar con alguien que no aspira a dejar ningún rastro de su vida, ni siquiera un nombre olvidado en una cantera abandonada, sobre todo cuando nos enfrentamos a todos esos personajillos histéricos que no paran de gritarnos, a todas horas y desde todas partes: "Acuérdate de mí, nunca me olvides, créeme todo lo que te digo, porque yo sí que soy capaz de hacerte feliz".

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