02 de enero de 2020
02.01.2020
El observatorio

Por una empresa tecnológica europea

01.01.2020 | 23:56

Recientemente, cuando Macron sostuvo la necesidad de poner impuestos a empresas tecnológicas como Google, Trump le replicó que pondría aranceles a la importación de vinos franceses a EEUU. Esta cuestión, lejos de ser anecdótica, pone de relevancia las distancias que separan a EE. UU. de potencias europeas como Francia: tecnología contra vino, podría decirse de manera esquemática. Los norteamericanos tienen el monopolio de las grandes empresas tecnológicas, solo discutido en la actualidad por China. Los Estados miembros de la Unión Europea carecen de relevancia tecnológica como productores, sin embargo, los europeos somos los principales consumidores de las tecnologías norteamericanas. No debe confundirse la producción con el consumo de tecnología que suele ser habitual: los europeos estamos en manos de la tecnología norteamericana, lo que constituye una nueva versión, en el siglo XXI, del colonialismo del siglo XIX, solo que a diferencia de lo que sucedía hace un par de siglos los colonizados somos los europeos. Las 10 grandes empresas tecnológicas norteamericanas, las TIC (Microsoft, Apple, Amazon, Alphabet, , Facebook, Visa, Intel Corp, Vorizon Communie, Master Card y Cisco Systems), tienen una capitalización superior a los 4,6 billones de euros, es decir, cerca de cuatro veces el Producto Interior Bruto de España, y superior al PIB de Alemania en más de un billón de euros.

No cabe duda que en la agenda española y europea debe estar en lugar preferente la digitalización en todos los órdenes y sectores. Pero la agenda tecnológica no debe quedarse en ese punto, es necesario ir mucho más allá. Uno de los pocos intentos europeos de competir con los norteamericanos en tecnología es el proyecto Galileo, que lideró la comisaria española Loyola de Palacio, lamentablemente fallecida, para dotar a Europa de un sistema capaz de competir con el GPS norteamericano. Y no nos cabe duda de que se trata de una inversión extraordinaria que supondrá réditos considerables para la Unión Europea en los próximos años.

Cuando los estados europeos se unen son capaces de competir con EE. UU. Un ejemplo claro es Airbus, que ha superado a las compañías aeronáuticas norteamericanas que antes no tenían competencia alguna. Y resulta evidente que por si solo cada estado de la Unión, Alemania incluida, no puede competir en el sector de la producción tecnológica ni con EEUU ni con China.

El caso de España es de los más penosos de la Unión Europea. Todos y cada uno de los gobiernos españoles, hasta la fecha, han prometido invertir más en investigación en ciencia básica y aplicada y en innovación tecnológica. Pero se ha tratado siempre de un ejercicio de engaño continuado. España es, de entre los grandes estados europeos, el que menos invierte en investigación. Y así nos va. No parecen entender nuestros políticos que la transformación de nuestra economía depende de la inversión en ciencia básica y aplicada y en innovación tecnológica, y que los frutos de una importante inversión en esos sectores no se recogen de inmediato. La paciencia no parece ser una virtud de nuestros gobernantes que parecen pendientes de acciones que den resultados positivos de inmediato: esa que podría calificarse de política de cortar cintas. Por el contrario, ejemplo de paciencia y firmeza, han sido los gobiernos de Corea del Sur, que era eminentemente un estado agrícola hace poco más de cuarenta años y que en la actualidad es una potencia tecnológica. Es fácil comprobar las causas de su éxito: en las últimas décadas Corea del Sur ha invertido cifras superiores al 4% de su producto interior bruto en investigación en ciencia y tecnología, muy por encima de la inmensa mayoría de los estados.

Eso de que inventen ellos parece escrito con letras de fuego en nuestra cultura, al margen de sectores concretos en que se lleva a cabo una investigación de calidad. Pero, por lo general, nuestras universidades dedican la mayor parte de sus energías a la docencia, descuidando de manera alarmante la investigación; y los institutos de investigación y tecnología son insuficientes, cuando no deficientes, en financiación y en recursos humanos. Un modo de acreditar lo que decimos es el número ridículo de patentes anuales españolas, por comparación a las que se presentan por la mayoría de los Estados de la Unión.

Tenemos grandes esperanzas en los jóvenes españoles que han demostrado, cuando emigran a otros estados de la Unión o a EEUU, una calidad muy estimable. Más allá de nacionalismos trasnochados, celebramos que nuestros jóvenes investigadores hayan buscado y sigan buscando empleo fuera de nuestras fronteras, y que muchos de ellos triunfen. Y tampoco debemos perder la esperanza en que la política de ciencia e investigación cambie en España. Pero creemos que, además, los europeos debemos apostar por una intensificación de la política científico-tecnológica, más allá de la que en la actualidad se practica que, con ser estimable, es insuficiente.

El comienzo de una nueva legislatura en la Unión Europea es el momento adecuado para que nuestro Gobierno (cuando tengamos uno que no esté en funciones), proponga a la Unión Europea la creación de una gran empresa tecnológica (o varias descentralizadas como Airbus) que pueda competir con las grandes empresas tecnológicas norteamericanas, chinas, japonesas y coreanas. No se trataría de reproducir los errores que persisten en la actualidad, en que los fondos europeos destinados a la ciencia y tecnología se dispersan por todas las naciones europeas con resultados mediocres. Debiera concentrarse a nivel europeo la financiación para no perder definitivamente la carrera tecnológica que en la actualidad solo disputan en cabeza EEUU y China. Se trata de llevar a cabo una política como la que dio nacimiento a Airbus.

No tenemos en Europa déficit de investigadores, ni carecemos de recursos financieros, pero es necesario poner fin a la dispersión y fijar objetivos bien claros: hay que competir con las grandes empresas tecnológicas norteamericanas y chinas para abandonar la situación de vasallaje que todos los europeos sufrimos en relación con las grandes potencias tecnológicas.

No estamos hablando de un sector cualquiera de la economía, del que pudiera discutirse su relevancia estratégica. El presente y el futuro de nuestra sociedad es tecnológico y la Unión Europea no puede conformarse con ser mera espectadora del diseño del mundo que hoy se está haciendo en EEUU y en China.

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