31 de diciembre de 2019
31.12.2019

A ver si aprenden

31.12.2019 | 00:08
Juan José Millás Santy

El momento político español es entretenido, pero poco eficaz. Con algunas novelas ocurre lo mismo: que te ayudan a pasar el rato sin cambiarte la vida. La literatura verdadera, como la política auténtica, es la que lo pone todo patas arriba. En la narrativa policiaca hay una corriente conocida como "novela-problema" cuyo objetivo es el de que el lector no adivine quién es el asesino hasta que el autor (o autora: el genérico, que no llega) lo decida. Tales historias no proporcionan mayor placer que el de la resolución de un crucigrama. Quizá el título más famoso de esta corriente sea El misterio del cuarto amarillo, del francés Gaston Leroux, en la que se introduce también el enigma de la habitación con las puertas y las ventanas cerradas por dentro y con un cadáver al lado de la cama. ¿Por dónde escapó el asesino?

En el lado opuesto a la "novela-problema" tenemos la "novela negra", llamada así porque se comenzaron a editar con las tapas de este color. A dicha corriente pertenecen autores como Dashiell Hammett o Raymond Chandler. Sus historias, además de ayudarte a matar las horas, te explican el mundo. Aunque su acción se desarrolle en Los Ángeles, San Francisco o Nueva York, hablan de ti, de tu barrio. Hablan del ser humano, en fin. Fueron, y siguen siendo, musculosas metáforas de la realidad. Existen también productos híbridos, con materiales procedentes de las dos sensibilidades. La "novela negra" posee, en cualquier caso, mayor capacidad de supervivencia que la novela-crucigrama.

Los españoles vivimos inmersos en una novela problema que a ratos adquiere los tonos de una parodia de novela negra. Las actuaciones de nuestros dirigentes empiezan a dar más risa que escalofríos. Ello se debe en gran medida a la catadura de los personajes que protagonizan la vida pública. Entran y salen de escena como los de las obras teatrales de enredo. Estamos ante un vodevil más que ante una tragedia griega. Claro, que hay vodeviles buenos y vodeviles malos. El nuestro entretiene, ya digo, pero es horroroso. No soportaría la crítica más benevolente. Los Reyes Magos deberían traer carbón a sus autores. O carbón, o las obras completas de Chandler y Hammet, a ver si aprenden.

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