20 de diciembre de 2019
20.12.2019

Clases de inocencia

20.12.2019 | 01:55
Clases de inocencia

Las redes sociales ardieron esta semana con un escándalo. No se sabe quién --alguien relacionado con los condenados, tal vez-- publicó unos audios de la joven que fue víctima de una violación por los tres jugadores de fútbol de la Arandina, condenados a 38 años de prisión cada uno. Los audios ya fueron escuchados por los jueces antes de dictar sentencia y formaban parte del sumario. Se consideró que su difusión suponía un intento de dañar la reputación de la víctima, por lo que se amenazó a quien los difundiera con multas multimillonarias.

Escuchar la grabación de la joven, para algunos, pondría en cuestión la credibilidad de la versión de su historia. Pero los magistrados ya consideraron este asunto y descartaron que algunas expresiones vertidas por la víctima, sobre la posibilidad de inventar o cargar tintas de lo ocurrido para que les cayera la del pulpo a los tres jugadores, alterara la realidad de lo ocurrido. Los jueces atribuyeron estas palabras -grabadas ilegalmente--a la juventud de la joven de quince años y a las circunstancias traumáticas por las que atravesaba.

Estoy, por razones vitales, del lado de la libertad de expresión. Pero considero que la Justicia debe cuidarse muy mucho de lo que se hace público del contenido de las investigaciones que se realizan en el ámbito penal. Es decir, creo que la grabación nunca debió ser hecha pública y que alguien debería responder por ello.

Pero dicho esto, hasta el momento presente lo que hemos vivido en este país es la mayor impunidad en la filtración de elementos de las investigaciones judiciales que se producen en fase de instrucción y antes incluso de que los jueces resuelvan si existen evidencias para abrir causa. Hay muchísimas personas investigadas, luego inocentes, que han sido sometidas a un juicio paralelo producido por una catarata de filtraciones policiales y judiciales. Y estas no se producen de forma desinteresada, sino con el objeto de mediatizar los casos y crear un "clima social" favorable a la conveniencia de quienes acusan.

En este país nos hemos hartado de ver mensajes que teóricamente se consideran privados --el "se fuerte, Luis", de Rajoy a Bárcenas-- o conversaciones telefónicas con un alto morbo político, que tenían poco o nada que ver con los delitos que se estaban investigando. Hemos visto cómo se aireaban, en determinados sumarios, las aventuras sentimentales de un investigado a quien, aunque fuera luego absuelto, esa revelación le destrozó la vida familiar. Hemos visto todo eso y muchas cosas más sin que a nadie se le haya movido ni un solo palo del sombrajo.

Me parece bien --más que bien-- que la Justicia haya reaccionado con prontitud en el caso de una víctima menor de edad y haya actuado de forma contundente para protegerla. Pero ese derecho también lo tenían las centenares de personas que han visto violada su intimidad, hundida su reputación y destrozada su vida por revelaciones basadas en sospechas que luego resultaron falsas. Las víctimas y los inocentes deberían ser igualmente protegidos. Pero en este país aún hay clases.

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