13 de diciembre de 2019
13.12.2019

Ciencia de salón

12.12.2019 | 23:47
Ciencia de salón

La organización de la investigación científica no es tarea sencilla. No lo es dotar al sistema de una estructura eficiente, capaz de funcionar con agilidad y disponer de los mecanismos de gestión que eviten la camisa de fuerza de la rigidez burocrática.

La organización de la investigación científica no es tarea sencilla. No lo es dotar al sistema de una estructura eficiente, capaz de funcionar con agilidad y disponer de los mecanismos de gestión que eviten la camisa de fuerza de la rigidez burocrática. Tampoco lo es diseñar los presupuestos adecuados que fomenten la actividad científica, incluso en las circunstancias de penuria que generan los ciclos económicos, las crisis del sistema global, o el goteo estable que supone la corrupción. Cuando un país ha desarrollado un sistema científico con la suficiente solidez, y lo ha hecho a partir del conocimiento de sus necesidades y de la inversión pública necesaria para su funcionamiento, está en condiciones de cumplir tres objetivos importantes. En primer lugar, garantizar el mantenimiento de sus estructuras de generación de conocimiento sin que se agoten por envejecimiento de sus recursos humanos y deterioro de sus infraestructuras, lo cual va a suceder inexorablemente si no existe intervención pública a tiempo. En segundo, promover el diálogo entre los hallazgos que nos permiten interpretar la realidad y las necesidades de la sociedad –de las personas, de los mares y los desiertos, de la tierra y los cielos; más adelante, quién sabe si también del universo, una vez que, esquilmada Gaia, la especie invasora decida extenderse por las estrellas lejanas para hacer lo mismo, tras muchos eones de práctica–. En tercero, utilizar inteligentemente la producción de conocimiento y tecnología, con objeto de trasladarlo a la sociedad para su beneficio. Puede que este último aspecto resulte el más susceptible de ser manipulado por intereses ajenos, y donde la cooperación entre las instituciones públicas y la industria privada corra más peligro de desequilibrarse sin remedio. En España, el sistema científico, en el que se produjo un importante despegue en los años ochenta, lleva varias décadas bajo un grave riesgo de clausura. A la incapacidad de la política para alcanzar acuerdos en torno a cuestiones básicas –la educación, la sanidad o la investigación, entre otras–, se une el profundo desconocimiento que sus protagonistas suelen tener sobre ellas. ¿Alguien recuerda algún cruce de opiniones en torno a la educación y la ciencia, algún elemento para diferenciar las propuestas de una organización política de otra? No lo hay, porque siempre ha estado fuera del debate. La consecuencia es que, desde aquí a Bruselas, la confusión interesada entre la investigación básica y la aplicada se ha constituido en una seria amenaza para la existencia y desarrollo de ambas, sin entender que una es la causa y otra el efecto. Y cuando Europa discute cómo reducir la financiación de la primera, en España crece el rumor de que las universidades y la ciencia pueden acabar en ministerios distintos, mientras que en Canarias esa separación se consolida, aunque cambien los gobiernos, sin que nadie se atreva a criticarlo. En este país, la mayor parte de la investigación científica y humanística se hace en las universidades públicas, y olvidarlo está produciendo un adelgazamiento de sus recursos que puede acabar en inanición.

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