04 de diciembre de 2019
04.12.2019

No sabemos

04.12.2019 | 00:51
Juan José Millás

El escritor de vanguardia conservaba una fiambrera de aluminio algo abollada que había pertenecido a su padre. De vez en cuando, le daba vueltas entre las manos como a un objeto incomprensible. En cierto modo, pensaba, él venía de allí, de aquella fiambrera tanto como del útero de su madre, pues el recipiente había constituido una presencia tenaz durante su infancia. Se la llevaba a su padre a la obra en la hora de la comida, repleta hasta los bordes del guiso del día: lentejas con patatas, judías con algo de chorizo, hígado empanado, etc. Nunca fiambre, pese a su nombre, fiambrera. Esta fue una de las contradicciones a la que el futuro escritor de vanguardia hubo de hacer frente en sus primeros años de existencia. Si la papelera era para los papeles, el frutero para la fruta, y el orinal para el orín, qué sentido tenía llamar fiambrera a un recipiente sin fiambre. Un día se lo preguntó a su madre.

- ¿Tú eres idiota o qué? -fue la respuesta.

Jamás volvió a manifestar en público duda lingüística alguna. Quizá se hizo escritor para resolverlas por sí mismo. En cualquier caso, intuyó enseguida que aquel objeto al que ahora, ya de mayor, observaba con piedad y extrañeza, era una pieza "realista". Escuchó este término por casualidad en un programa de libros de la tele. El locutor lo usó para calificar una novela a la que se refirió con poco entusiasmo. Desde aquel momento, el futuro escritor de vanguardia rechazaría todo cuando estuviera contaminado de realismo. Es decir, todo lo que, de un modo u otro, evocara la fiambrera de su padre, a la que comenzó a ver como el paradigma de aquel nuevo concepto. Más que realista, aquel utensilio era el realismo.

Se hizo autor de vanguardia para huir del portaviandas con el que tanta intimidad llegó a tener. La propia palabra utilizada para denominarlo le provocaba un escalofrío estético. A la muerte del padre, sin embargo, lo recuperó, se lo llevó a su casa, y pasaba horas observándolo como si se tratara del artefacto más abstracto del mundo. No era capaz de traducirlo al lenguaje diario porque con el tiempo había anidado en él la vanguardia más rabiosa que cupiera imaginar. "No sabemos nada", se decía al fin, escondiéndolo de nuevo en un cajón de su escritorio.

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