02 de diciembre de 2019
02.12.2019

El español sin triunfalismos (A propósito del informe del Instituto Cervantes)

02.12.2019 | 01:13

Los números apabullan, incluso para quienes recordamos aún los 300 millones de hablantes de finales del siglo pasado que celebramos con programas de televisión exhibiendo la extraordinaria cifra como reclamo exitoso de unas emisiones en español que sobrepasaban nuestras fronteras, conducidos, incluso, por profesionales del ámbito meridional, que hacían más visible esta modalidad lingüística atlántica, tan poco valorada en muchas ocasiones. Ahora, veinte años después, son 480 millones los hablantes que tenemos el español como lengua materna, y 580 si incluimos el grupo de los no nativos. Es ya la segunda lengua materna del mundo, detrás solo del chino mandarín, aunque en el caso del español es preciso destacar su carácter plurinacional, pues es lengua de una veintena de naciones en las que además ostenta la condición de idioma oficial. Son algunos de los datos del informe de 2019, publicado por el Instituto Cervantes bajo el lema "El español: una lengua viva".

De este informe se desprende que el español sigue creciendo como ninguna otra lengua, en los Estados Unidos, sobre todo, donde cuenta con unos 41 millones de hablantes nativos y unos 22 millones de anglohablantes que están interesados en aprenderlo. De igual modo, está siendo demandado también en distintos países europeos; entre otros, Italia, Francia, Alemania y Suecia, país este último con el mayor porcentaje relativo en interés por estudiarlo: en una población de unos diez millones de habitantes, se interesan por el español unas doscientas mil personas.

Y, como era de esperar, los medios de comunicación se han hecho eco, como en otras ocasiones, de noticias tan favorables, que bien vienen para atenuar los menos esperanzadores datos de nuestra economía, nuestra enseñanza, nuestra investigación, nuestro índice de empleo ? Con la lengua, una vez más, se tratan de ocultar realidades menos optimistas. Actúa aquí nuestro idioma como simbólico eufemismo que engloba a otros muchos con los que se maquillan realidades no tan positivas: regulación salarial, indemnización en diferido simulada, recargo temporal de solidaridad, rigidices del mercado laboral, banco malo, brotes verdes, líneas rojas?, son algunos de los usos políticamente correctos recogidos y comentados por Nicolás Sartorius en su libro La manipulación del lenguaje (Barcelona Espasa, 2018). Porque no vendría mal recordar a los triunfalistas pertinaces que si bien es justo que nos enorgullezcamos de hablar -y poseer, en el buen sentido del término-- esta lengua que nos identifica y nos une, es bueno también reconocer que no somos sus dueños, o por lo menos sus únicos dueños, pues legítimo es sentirse copropietarios de este extraordinario condominio que constituye un patrimonio cultural de incalculable valor.

Mas dejémonos de patrioterismos, que ni son buenos ni se justifican del todo, pues no es precisamente España, con unos 46 millones, el país con más hablantes nativos de español; México, con 126, casi lo triplica, y Colombia, con 50, nos supera. Tampoco es la lengua con mayor número de hablantes en la Unión Europea: en el quinto lugar se halla, detrás del alemán, el inglés, el francés y el italiano. Aunque la importancia de una lengua, es verdad, no ha de medirse solo por el número de hablantes; no por su número de hablantes es el español mejor que el checo, el catalán o el quechua, pero tampoco menos importante que el inglés, el hindi o el chino; "no hay lengua pequeña", como muy bien argumentó George Steiner en su conferencia de recepción del Premio Príncipe de Asturias en Comunicación y Humanidades en el año 2001.

La importancia de una lengua no es otra que la que queramos y sepamos darle sus propios hablantes, una vez superados una serie de falsos prejuicios, entre los que se encuentra su pobre consideración como un mero instrumento de comunicación, función esta que, probablemente, en un futuro no muy lejano, desempeñen máquinas que nosotros mismos habremos ideado. Porque la lengua es algo más, es una parte integrante de nuestra profunda identidad, la que nos permite pensar, producir belleza y al mismo tiempo sentir placer estético ante ella. Y echo en falta, por ello, del exhaustivo informe el nulo reconocimiento de la capacidad integradora de la lengua española, que da cabida a comunidades tan distintas y distantes, porque ha sido capaz de conformarse en variedades adecuadas a la rica diversidad cultural del mundo hispánico; capacidad que hay que valorar por encima de otras consideraciones. No me complace, pues, que el informe se desentienda de la realidad pluridialectal de nuestro idioma y que, de otro modo, se carguen las tintas en aspectos meramente cuantitativos.

Sin tratar de restar valor al exhaustivo informe, sería de desear que de él se extrajesen otras conclusiones que contribuyeran a mejorar una situación que no es como todos deseamos. Así, estaría bien que el Instituto Cervantes y las instituciones responsables de proteger la lengua española (gobiernos, ministerios, academias) se ocupasen más de proporcionar medios para formar buenos profesores de español, profesionales competentes y capacitados para motivar a los alumnos y convencerlos de las enormes ventajas que conlleva el dominio de las destrezas lingüísticas fundamentales, mediante las que pueden acceder a nuestro rico patrimonio cultural. Que se preocuparan más de que nuestros científicos pudieran con orgullo presentar en español los resultados de sus investigaciones, compartiendo, por lo menos, el reconocimiento que tienen otras lenguas, además del inglés, cuya consideración de lingua franca nadie pone en duda, por razones prácticas de intercambio de información. Que nuestros representantes, políticos y diplomáticos, a quienes por razones de sus cargos se les supone un buen conocimiento de otras lenguas, utilizasen sin complejos la nuestra en foros internacionales y en situaciones comunicativas de cierta trascendencia, igual que proceden otros mandatarios ingleses, franceses, alemanes e italianos.

Desearía, en fin, celebrar la buena salud del español porque se encontrara en buenas manos, como tendrían que ser las de los responsables de protegerlo y promoverlo; y porque sus voces fueran las más competentes y responsables en todos los ámbitos: en la charla amistosa, en la oficina, en la consulta, en el aula y en los medios de comunicación. Una lengua valorada por propios y respetada por extraños, situación que parece estar lejos de la realidad, pues no es difícil concluir que su interés proviene, sobre todo, de su importancia demográfica, y esta circunstancia se reconoce en el propio informe del Cervantes. Cuando no por otras razones no muy halagadoras, por cierto, como el interés que ha despertado nuestra lengua en algunos países de Centroeuropa a causa de la extraordinaria difusión de muchos culebrones televisivos. Confieso que hubiera preferido que fueran otras las razones, como la de que se exhibieran películas de calidad en versiones originales, por el teatro o nuestra música, por la penetración, en definitiva de nuestra cultura en español en todas sus manifestaciones.

Pero duele más aún comprobar que allí donde el español crece de manera más notoria no merezca la valoración que el triunfalista informe parece otorgarle. En los Estados Unidos, los hablantes de español, por su condición de hispanohablantes, son objeto de una fuerte discriminación, como ya lo fue en otros momentos de su historia; así lo ha denunciado Francisco Moreno Fernández en su artículo "La represión lingüística del español en Estados Unidos", publicado en The New York Times (23-6-2018), trabajo que le mereció el XV Premio don Quijote de Periodismo. Y así lo sintió Manuel Vilas en su doliente poema "Desamparo de la lengua", en el que se ofrece como su defensor, su último apóstol, tal vez, ante la situación de desprotección en la que se sienten muchos de sus hablantes: "[?] oh, lengua desamparada, // allí dicen tus sílabas con miedo y vergüenza, // con pena. // Oh, lengua desamparada // ven a mi corazón desamparado. // Dila a tus hijos, yo les digo, // y el verbo decir se disuelve para siempre.// Oh, lengua de los humillados, // yo soy tu último apóstol.// Tu novio, tu sangre, tu amor. // [?]".

Pero de estas situaciones y percepciones que se tienen de nuestro idioma no habla el informe del Instituto Cervantes.

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