Seguí por televisión las noches de esa semana con verdadero arrobo. Asistía a la caducidad de Las Vegas como expresión más hiperbólica del espectáculo, este estaba en Barcelona, rompiendo géneros, fundiendo el espectáculo con la insurrección. Sobre todo, confirmando la sociedad del espectáculo, la virtualidad, el simulacro y el victimismo. Uno fue a muchas manifestaciones o saltos de cincuenta, cien o doscientas personas durante el franquismo (mi contribución a su restauración sentimental) y con los primeros gritos y cruces de coches la gente desaparecía, con el inconveniente de que solo quedábamos combatientes y policías, lo que hacía problemático escabullirse o disimular. Luego vendrían los piquetes que practicaban el matonismo informativo sindical en la sociedad de la información.

Pero lo de Barcelona ha logrado revalidar y extender los grandes vectores culturales, traspasar fronteras y anunciar el futuro. En un paisaje de guerra, de fuego y ferocidad en el combate del independentismo catalán, todo era nuevo pero sobre todo dos cosas: el sujeto doble de la revuelta, y la confusión del combatiente tras sus ofensivas. La Barcelona obrera y popular, industrial y suburbial veía las columnas de humo ascender y el resplandor del fuego muy lejos, en los barrios ricos y altos de la ciudad. Los pijos habían tomado la calle con clara voluntad de destrucción, y aniquilación si hubieran podido (al menos lo intentaron), haciéndose fuertes en su zona etno-nacional. Los pijos guerrilleros pronto se confundían con los pijos espectadores, como en obras teatrales en que los actores se mezclan con el público. Era fascinante el decorado con luces de fuego, fumarolas, sirenas, encapuchados, el levantamiento de barricadas como en la Comuna de París (1871) y a la vez, esto les distinguía, los pijos desdoblados en guerrilleros y espectadores, haciéndose selfis, en patinetes, con bicis, otros en moto sin que hubiera frontera de zona de combate, no digamos algún check point. El elenco de pijos había sido terminante en la admisión de luchadores: ¡ni un pies negros con perros, ni una estética lumpen! Además hablaban el idioma más nativo, decía la televisión, mientras iban y venían fotografiando el fuego. ¡Cuánto mejor que Baqueira! Los estudiantes del mayo/68 provenían de la burguesía, pero los de Barcelona seguían lo enseñado, y exaltado como una religión por la burguesía catalana, de categóricas credenciales de esnobismo y supremacismo racista y clasista. La ultraizquierda chavista y mendicante (suplica-causas) les sigue, sí-sí. ¡Puro nihilismo, el más completo vacío metafísico! La herencia de la gauche divine barcelonesa: nietos necios, pero peligrosos, ¡muy insatisfechos!