05 de octubre de 2019
05.10.2019
GENTES Y ASUNTOS

Precisiones

05.10.2019 | 02:39
Luis Ortega

Publicada el pasado 28 de septiembre, la columna Panteón exclusivo tuvo una educada disidencia que me llegó ese mismo día y que aquí contesto. Su autor me explicó cómo consiguió mi correo -un entrañable amigo común- y me pidió que guardara su anonimato por su condición de "militar en la reserva". Me recordó "con tanto respeto como energía" que Franco "no eligió en ningún momento el Valle de los Caídos como sepultura; y que la decisión, con todas las consecuencias, fue adoptada por el Jefe de Estado que le sucedió". Nada que oponer a esa afirmación, porque así fue según parece.

En otro punto de la carta -y ahí discrepo con la misma cortesía que mi comunicante me dispensó- escribió "que el sobrio mausoleo, como otras propiedades, fue regalado al Generalísimo libremente sin que él ni nadie de su familia pidieran nada". Precisamos que Carlos Arias Navarro, alcalde de Madrid entre 1965 y 1973, ordenó su construcción poco después de llegar al cargo; se adjudicó en 1969, con las obras de fábrica prácticamente concluidas por unos siete millones de las antiguas pesetas. El matrimonio Franco-Polo visitó varias veces el sitio y recomendó que la decoración fuera encargada a dos artistas del régimen: el mosaiquista Santiago Padrós y el escultor José Espinós, "que trabajaron en la Basílica de Cuelgamuros y eran de la plena confianza del general", cuyos honorarios fueron de cuatro millones. Antes de iniciar la meteórica carrera que le llevó a la Presidencia del Gobierno, Arias efectuó el regalo y encomendó su cuidado y mantenimiento al Consistorio madrileño.

Los archivos de la Villa tienen algunos vacíos en el expediente, pero no dejan dudas sobre el pago de todos los gastos hasta la fecha. Su construcción y destino movilizó a políticos -para empezar, Carrero Blanco y Arias Navarro- y empresarios y familias del nacional catolicismo a comprar parcelas y edificar mausoleos de distinto gusto y nivel en la pequeña necrópolis.

Escribí que, como otras donaciones, no existe constancia escrita del obsequio o cesión del ayuntamiento, o Patrimonio Nacional, al general y su familia y en qué términos la propiedad y/o el uso alcanza a sus descendientes -los nietos de los diecisiete recursos-, por lo que resultan comprensibles las protestas de ciertos ciudadanos. Y señalo que, en su mayoría, las tumbas de los dictadores mundiales están en lugares secretos o en tumbas comunes de cementerios generales, sin signos de distinción ni privilegios.

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