28 de septiembre de 2019
28.09.2019

Entre Gáldar y La Laguna, ayer y hoy

27.09.2019 | 23:34

Los pueblos cambian, se transforman y evolucionan como lo hacen las lenguas: es el requisito para seguir vivos (la cultura latina hablaría de conditio sine qua non). Pero algunos pierden el tino por el camino -o polítiquillos de turno se lo extravían- e identifican renovación con eliminación de elementales señas de identidad, lo cual lleva a la mal entendida modernización. De ahí disparates y atropellos urbanísticos, estéticos...

Otros -Gáldar y La Laguna- consiguieron salvar parte de su herencia histórica y, sobre todo, arquitectónica a pesar de impactantes desajustes tanto en el primer municipio como en el segundo (así, por ejemplo, rectilíneos cajones sustituyeron a casas terreras o caserones en las calles Larga y Carrera, respectivamente).

Pero ambas ciudades pueden servir como modelos para enseñar algo: cuando las cosas están en manos de gente preparada, conocedora de sus limitaciones y creativa, los ritmos de crecimiento pueden ir a la par con recuperaciones, mantenimientos y fortalecimientos de su esencia como urbes capitalinas que fueron, por más que el dominio lagunero debe primar sobre el galdense por su impactante monumentalidad.

No lo podemos olvidar: La Laguna fue capital del Archipiélago y en ella residieron adelantados, gobernadores, obispados y, sobre todo, los grandes sabios ilustrados (¿qué fue, si no, el palacio de Navas?) a poco de las primeras aulas universitarias y del Bachillerato (el hoy instituto Cabrera Pinto se llamó Instituto de Canarias hasta decenios atrás: de él fueron alumnos Pérez Galdós -pasos previos a la Facultad madrileña de Derecho-, Agustín Espinosa, Juan Negrín, Blas Cabrera, Óscar Domínguez...).

El pasado sábado volví a Tenerife en la compañía aérea Binter (¿o acaso Bínter?, pues pronunciamos la palabra como llana. Y no termina ni en vocal, n o s, lo cual impone el uso de la tilde en la penúltima sílaba. Tal intuyo). Siempre lo había hecho en barco, uno se crió en zona costera y navegó con barquillas, chalanas, falúas y algunos Santa. Pero de un tiempo a esta parte razones técnicas (ejem) recomiendan navegación más lenta, lo cual alarga la duración del viaje (ya no son los ochenta minutos) y, sobre todo, fuerza a los jugos gástricos a efervescencias, a liberar gases del tracto digestivo pues la nave pierde su buscada estabilidad solo conseguida cuando funcionan los dos motores.

Con Bínter retrocedí cincuenta años, como cuando al menos el viaje de ida lo hacía en los Fokker (¿F-27?) de Iberia, titanes sobre vientos, aguaceros, bruscos descensos y la jodelona bruma de Los Rodeos... Para empezar, los asientos tampoco están reservados, lo cual llevó a varios pollillos a veloces carreras para conseguir butacas juntas o muy próximas.

Los suyos son aparatos más sofisticados, y eso se nota en la seguridad y calidad del vuelo. Pero los motores tienen si no las mismas monótonas armonías, sí al menos muy parecidas (son roncos ruidos grabados en el subconsciente). Y como antaño (siglo y milenio anteriores), reparten dos periódicos por la mañana (La Provincia-Canarias7) y sustento sólido, esta vez un fresco y vigorizante donut. Y agua, incluso hasta con gas. (¡Ya podrían Iberia y Vueling -¿Vuéling?- tomar nota, son dos horas y media a Madrid. Por cierto: tras la subida del descuento como isleño residente, este año los billetes a Granada no fueron más baratos).

La Laguna, como siempre, acogedora: "Aquellas calles espaciosas y rectas, aquel despejo, aquel aire de rigodón monástico [?] La Laguna está vestida de casaca, o de hábitos de fraile, si queréis" (Miguel de Unamuno, agosto 1910). Es una ciudad de encantamientos, imponente por su sencillez, riguroso y revolucionario trazado modelo de urbanismo impuesto en muchas ciudades americanas.

Atrás quedan, por suerte, lamentos y denuncias de quienes pusieron el grito en el cielo cuando comenzó la peatonalización de calles principales, entre ellas Carrera, Herradores, Deán Palahí, un tramo de Tabares de Cala (diaria vía esta para llegar a People House -¿recuerdas, Agustín Millares Cantero?-, caserón cercano a la Plaza del Cristo donde seis estudiantes de Filosofía y Letras residimos un par de años entre calas, rosales, aires de libertades y ensoñaciones a la búsqueda de un mundo mejor para todos. Frente, emperretamientos y violencias de quienes se hicieron dueños de la calle por la fuerza de la sinrazón?).

Este sábado la encontré muchísimo más cercana, más cargada de hechizos y buenaventuranzas, imponentemente seductora y atractiva? No me atrevo a afirmar lo contrario, pero quizás influyó también la emoción sentida en un rincón lagunero a la sombra de la iglesia de Santo Domingo, junto al antiguo convento: palabras para una nueva vida fortalecieron emotividades y emociones. Si acaso existe la felicidad volví a encontrarme con ella, pues expandió dichas para inmediato futuro... La Laguna, el sábado, niveló su estancia en mi corazón y alcanzó por primera vez la altura de mi patria chica, Gáldar.

Gáldar es hoy lugar de visitas para quienes buscan espacios recoletos o lentísimos pasos del tiempo pues su acción devastadora no ha podido con la plaza, la calle Guaires, el drago del ayuntamiento, el neoclasicismo del templo, las doblemente centenarias araucarias acaso llegadas con las palabras del poeta: "Yo nací en una ribera del Arauca vibrador, / soy hermano de la espuma / de las garzas de las rosas / y del sol". Y en lugar preeminente, testigo fiel de nuestros ascendientes, la Cueva Pintada y el trabajo cargado de rigor y ciencia de quienes velan por su conservación (¡a punto estuvo de perderse!) y engrandecimiento.

Cuando llamo a mis paisanos y les pregunto por el pueblo suplo mis ausencias físicas. Me acuerdo entonces de Antonio Machado cuando le escribe a "Palacio, buen amigo": pregunta por la primavera soriana, violetas, ruiseñores, cirueleros, zarzas, margaritas blancas? y el Moncayo.

Yo me intereso más por mi gente, los decenios van imponiendo su todopoderoso poder: se me van silenciosos (mi entrañable Chano Mendoza, bonhomía, amistad imperecedera), cada vez con más precipitación. Pero me permanecen calles, barrancos, incluso hasta los aires cargados de infancia e inicial juventud, primeros impactos sociales y de barbaries humanas...

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