25 de septiembre de 2019
25.09.2019

Metabolismo

24.09.2019 | 23:03
Juan José Millás

Me paró un señor en la calle para decirme que durante años me había odiado a muerte. Le pregunté por qué, ya que no nos conocíamos.

-Esa es precisamente la cuestión -respondió-, que lo he odiado a usted sin motivo alguno.

Frente a mi perplejidad, añadió que, debido a una depresión que le atacó tras la muerte de su padre, había acudido a una terapia psicológica en una de cuyas sesiones salió el asunto del odio. Confesó al terapeuta que muchas noches se dormía deseándome todos los males del universo. Y ninguno le parecía lo suficientemente cruel para lo que yo me merecía. Le pedí algunos ejemplos, pero prefirió omitirlos porque me pondrían, aseguró, los pelos de punta.

-Si las maldiciones funcionaran -agregó-, usted habría muerto con la mitad de las que yo le eché durante los últimos años.

Le pregunté entonces si en el curso del tratamiento había alcanzado alguna conclusión respecto a aquella singularidad, y me explicó que durante los primeros años de nuestra vida hacemos acopio de unas cantidades equis de amor y de odio que, ya de adultos, tenemos que depositar sobre algo o alguien. Amamos a nuestra mujer y a nuestros hijos, por ejemplo, pero odiamos a Isabel Pantoja. Le dije que yo no odiaba a Isabel Pantoja y arguyó que era un ejemplo.

-Puede ser un vecino -dijo-, un cantante de moda, un actor, un tertuliano de la tele, un político, un tuerto, un mexicano... La cuestión es depositar sobre alguien la cantidad de odio acumulada del mismo modo que se necesita desalojar los restos de la comida que el organismo no es capaz de metabolizar. Por eso a veces se dice "me cago en Fulano o en Mengano", porque odiar se parece bastante a evacuar. Hay que hacerlo, en un sitio o en otro, pero hay que hacerlo.

Le pregunté si después de aquel descubrimiento continuaba odiándome y reconoció que no, que ahora me amaba también del mismo modo gratuito con el que me había deseado todos los males del universo. Me despedí de él y llegué muy confundido a casa, donde repasé con horror mi propia biografía sentimental.

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