21 de septiembre de 2019
21.09.2019

Márquetin

21.09.2019 | 00:29
Juan José Millás

-¡Sube el petróleo, sube el oro, suben los alquileres! -grita una mujer en el metro.

Enseguida, tras una pausa teatral, añade a través del megáfono que quizá le ha robado a un sindicalista:

-Lo digo para que estén ustedes informados.

Dice también que ella no canta boleros ni dispone de esa cartilla de familia numerosa que exhiben otros pobres en el subterráneo. No sabe hacer nada, afirma, excepto repetir los titulares de la prensa. Aunque no compra los periódicos, lee la primera página de los que están expuestos en los quioscos. A los ocupantes del vagón nos resultan curiosas estas precisiones y levantamos la vista de las pantallas de nuestros móviles para escucharla. Informa ahora de que Putin ha adquirido toneladas de oro, y que lo del petróleo se debe a unos ataques con drones a las refinerías saudíes.

-A Trump -matiza- le importa un pito porque EE UU se autoabastece. Le sale el crudo por las orejas.

Todo esto lo han dicho a primera hora en la radio, mientras me arreglaba para salir. Pero lo oí como el que oye llover, sin prestarle atención, como si hubiera puesto un disco de meditación trascendental de cuyos contenidos suelo desconectar a los dos minutos de su inicio. En la boca de esta indigente, sin embargo, las noticias del día adquieren una significación nueva. Revelan su absurdo y el absurdo, en general, del mundo con una eficacia sorprendente. De hecho, todos permanecemos embobados, como si asistiéramos por fin a un telediario verdaderamente iluminador.

-La iglesia alemana -continúa- va a discutir, contra el criterio del Vaticano, asuntos relacionados con la sexualidad de los seminaristas y el celibato de los curas.

La mujer cae entonces en un silencio dramático de unos dos o tres segundos de duración y declara, provocando un aplauso general, que de España no piensa pronunciar una sola palabra.

Finalmente nos aconseja no leer el horóscopo de hoy y luego recorre el vagón con un vaso de plástico en el que van cayendo las monedas como la lluvia fina sobre la tierra seca. ¡Qué gran lección de márquetin!, me digo.

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