20 de septiembre de 2019
20.09.2019

La vendedora de pescado

20.09.2019 | 00:22
Luis F. Febles

Después de un tiempo entendí la razón por la cual el tamaño de un negocio no está reñido con sus beneficios. La ingeniería empresarial se sustentaba en sus ganas de agradar a todo aquel que entraba en su perímetro de acción, que se basaba en la métrica internacional de los metros de sombra. Por supuesto que existían en la ciudad pescaderías más grandes y sofisticadas, pero ir a comprar el género a doña Josefa era una costumbre saludable y enriquecedora. No ya por la calidad del producto, sino por la poesía de sus movimientos y el verso encantador que dedicaba al cliente. Ella era puro soneto, la magia del alejandrino y la rima asonante de su carácter, vital y contagioso en tiempos tan poco propicios para la pausa. Los camarones la miraban celosos desde el cubo, y las viejas todavía aleteaban aplaudiendo la suerte de una dueña extraordinaria. Decían algunos que casi predecía el futuro elevando el pescado a la altura de sus ojos, como los arúspices romanos examinando las entrañas de un animal. Era magia, una joven de 70 años capaz de engañar al paso del tiempo para adaptarse con la educación de antes a las formas del ahora. Un corrillo, como en las fábricas cubanas a la hora del puro y el café, rodeaban a doña Josefa para oírla, porque casi ni miraban el género que vendía desde bien temprano. No tenía licencia de venta, pues su permiso era la sabiduría y la prudencia de su vejez. Pregonaba la calidad de su humilde mercancía, como si de una mantenedora de fiesta de pueblo se tratase, con ese timbre de voz reconocido a distancia. Hasta los concejales pedían consejo para guiar alguna que otra medida para mejorar la vida de la gente. Cuentan que por ella se empezó el asfaltado desde abajo, sin priorizar la urbanización del alcalde, porque Josefa decía que "los pobres bastante tienen que caminar como para encima no hacerlo con la carretera empichada". Antes iba anunciando los regalos del mar a grito pelado, y otras, tocando de puerta en puerta en las casas de sus clientes. Pero ya no estaba para caminar mucho, bajando hasta la ciudad para luego regresar casi de noche. Esta mujer era un libro abierto, y dominaba la palabra como nadie, con la maestría de un catedrático y la picaresca del que aprendió mucho antes la ley de sobrevivir con monederos de papel. Le encantaba Iñaki Gabilondo, y edulcoraba las historias contando que una vez lo llamó a la radio en pleno directo para invitarlo a probar una cazuela de samas para chuparse los dedos. Nunca la vi enfadada, jamás evidenciaba el mínimo esbozo de contrariedad. Era la mujer que vendía pescado en aquella ciudad tan cercana que todavía se recuerda. Aunque la edad es un estado de ánimo, el tiempo pesa, y doña Josefa prácticamente no acude a su cita con la venta ambulante de pescado. En su lugar de toda vida construyeron las oficinas de una conocida franquicia de textil y, claro, el microcapitalismo no da tregua. Hace pocos días la visité en su humilde casita de barrio, digna como ninguna y con las puertas abiertas para todo el mundo, así, como le gusta a ella. Dicen que los más grandes guardan algún secreto, pequeñas hazañas meritorias de ser contadas que por modestia no se dan a conocer. Doña Josefa sacó adelante a una buena prole, que, por cierto, heredaron la educación y voluntad de su madre, porque el dinero no da las buenas formas. Con su escueta pensión tiene para algún que otro capricho y para seguir ayudando a su comunidad. Josefita, como la llaman sus vecinos, multiplicaba las pesetas que ganaba para llenar la nevera del 2b. Ella, en su ideal solidario, pagó los libros de las nietas del 4d; el bono de guagua de su prima segunda del 3a; y colaboraba con Cáritas una vez en semana. Doña Josefa era la vendedora de pescado de aquella ciudad tan cercana que todavía recuerda el contoneo de una mujer maravilloso de la que pocos descubrieron su pequeño secreto. Hasta los camarones la miraban desde el cubo y las viejas todavía aleteaban aplaudiendo la suerte de tenerla.

@luisfeblesc

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