18 de septiembre de 2019
18.09.2019
A BABOR

Harto y cabreado

18.09.2019 | 01:00
Harto y cabreado

Suelo mandar a algunos amigos un enlace a esta columna en la web del periódico. A veces, ese envío tiene retorno en forma de críticas, comentarios, caras sonrientes o aplausos y -con más frecuencia de la que me gustaría- una berenjena o un emoji de una mano haciendo el gesto de la peineta. Las respuestas son de amigos y colegas, y suelen ser bienintencionadas y bien recibidas. Y a veces son más que eso, un certero diagnóstico del estado de ánimo del país. Esta mañana, una amiga de años me mandó un mensaje comentando lo que escribí sobre la oferta de Rivera a Sánchez y la respuesta del socialista: "Escucha: estoy hasta el hocico de todos y todas", escribió. Una constatación demoledora del ambiente en el que vivimos. Lo peor fue sentir casi inmediatamente que yo también estoy hasta el hocico (o cualquier otra parte puntiaguda) de todos y todas. Un sentimiento poco saludable, menos saludable aún si uno se gana la vida escribiendo y hablando de lo que hacen y dicen estos señores y señoras que no nos gobiernan, pero cobran como si lo hicieran.

Para rematar la sensación de hartura, se constata que al final esta fauna ha logrado ponerse de acuerdo en algo, que es precisamente en no ponerse de acuerdo en nada: habrá otras elecciones, que tampoco servirán para arreglar en absoluto el desbarajuste nacional, y -al paso que vamos- es posible que no sirvan siquiera para que tengamos gobierno después de noviembre. Durante cuatro meses hemos aguantado un enorme mamoneo, sin interés alguno, dirigido a conducir al país inexorablemente a la convocatoria de otras inútiles elecciones, un pico de millones que podrían destinarse a atender a ancianos, a enfermos, a personas marginadas o maltratadas, de nuevo tirados a la basura.

Nos dicen que esto es la democracia: y no lo es. Aquí no se ha cumplido la voluntad de los electores, que es dotar al país de un gobierno decente. Solo hemos presenciado el espectáculo de la miseria. Empezó desmontado el sistema del turnismo entre izquierdas y derechas, heredado de la Restauración (junto con esta que surgió de la Transición, la otra etapa duradera de imperfecta democracia española) para sustituirlo por un sistema que se quiso definir como nueva política, y que ha logrado desprestigiar absolutamente a los políticos, convertir en inútil la política y emporcar los mecanismos de la democracia: el consenso, la tolerancia, el debate abierto, el respeto al adversario, la capacidad de ceder y ponerse de acuerdo con quienes no piensan exactamente como uno. Porque el objetivo fundamental de la política es el gobierno. Un gobierno para atender a las personas, y no este desgobierno insostenible. Hoy, nuestros dirigentes no dedican su tiempo a atender lo público, a gestionar lo colectivo desde su propia visión e ideología, sino a inventar infinitos e insalvables conflictos entre ellos para disimular su propia incompetencia e inanidad. Las izquierdas se detestan, las derechas compiten entre ellas, nadie quiere ocupar el espacio político donde más cómodos se sienten los ciudadanos, que es el centro, y la gobernanza se ha convertido en un ejercicio de onanismo, soberbia y desprecio por los intereses del común. Qué miserable paisanaje, este.

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