04 de septiembre de 2019
04.09.2019

La caída de Enid Blyton

04.09.2019 | 00:35
Daniel Capó

No hay época que se libre de sus savonarolas. Son creencias que actúan como implacables varas de juicio. El Derecho Romano disponía de una expresión terrible para este tipo de sentencias previas: la probatio diabolica. La prueba del demonio consistía en que el acusado debía probar su inocencia en lugar de que la acusación demostrase su culpabilidad, como sucede en cualquier sistema judicial moderno. Un argumento similar fue el que hizo servir el inquisidor catalán medieval Nicolau Eimeric en su célebre Directorium Inquisitorum al argumentar -se diría que con Kafka- que todos los hombres son culpables y que sólo debemos saber de qué. A fin de cuentas, de ser así, al igual que en Sodoma y Gomorra, no encontraríamos ni un puñado de justos.

La última en caer ha sido la escritora de novelas infantiles Enid Blyton. No ha sido la primera. En 2018 se retiró de un premio de literatura infantil el nombre de Laura Ingalls Wilder, autora de La casa de la pradera, por el supuesto contenido racista de sus novelas. Algo parecido le ha sucedido a la escritora inglesa, a la que se le acusa de "racista, sexista y homófoba". Estas son las palabras que ha utilizado la Real Casa de la Moneda Británica a la hora de explicar por qué no le concederá una moneda de homenaje con su efigie. Blyton fue una autora de best-sellers infantiles como quizás no se haya dado ningún otro caso en la historia y hay, sin duda, competidores potentes. Pero es muy raro encontrar una biblioteca familiar de los años sesenta, setenta u ochenta que no cuente con algún que otro volumen de las series que popularizó: Aventuras, Misterios, Torres de Malory, Santa Clara, Los Cinco, El Club de los Siete Secretos? Se cuenta que la escritora llegó a publicar hasta cincuenta novelas anuales, lo cual ha hecho levantar lógicas suspicacias acerca del número de autores que colaboraban en sus libros. Se le ha reprochado tradicionalmente la utilización de un vocabulario limitado -aunque a mí me parece vastísimo al lado del que se emplea hoy- y de estructuras gramaticales muy simples. En realidad, eran novelas de aventuras en estado puro, sin grandes conflictos morales ni retratos psicológicos -un mundo infantil pensado para niños-. Pero funcionaban y sigue siendo legión el número de adultos que, de un modo u otro, se sienten identificados con esos libros que leyeron de forma compulsiva cuando apenas frisaban los diez años. Como sucedía -por citar autores de más peso y calidad- con las obras de Julio Verne o de Emilio Salgari.

Las obras de Enid Blyton se siguen reeditando en España, aunque creo que adaptadas, suavizando aquellos fragmentos que puedan resultar molestos a la sensibilidad actual. Es un proceso parece que imparable y que terminará afectando el abanico de nuestros intereses. Parte del valor de la literatura radica en su incorrección, que nos permite ampliar el espectro de nuestras experiencias. Por supuesto, muchas de las circunstancias que afectan a los protagonistas de una novela de Blyton chocan con nuestras ideas, pero tiene que ser así: entre otras razones porque nos permite entender mejor cómo era la vida hace unas décadas, cuáles eran sus criterios morales y lo que hemos avanzado desde entonces. Explicar y contextualizar siempre será mejor que prohibir o reescribir. Y del mismo modo que nadie se dedicará a la piratería o se convertirá en un borrachín por leer La isla del tesoro, ni se pondrá a morder yugulares por leer Drácula, tampoco nadie se volverá racista porque en una novela de Blyton algunos de los mayordomos sean negros.

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