03 de septiembre de 2019
03.09.2019

Biarritz

03.09.2019 | 01:10
Jorge Dezcallar*

La bonita ciudad costera del País Vasco francés ha acogido la semana pasada a algunos de los Grandes de la Tierra que se reúnen en el formato G-7, donde se encuentran las mayores democracias industriales (Alemania, Francia, Italia, Reino Unido, EE UU, Canadá y Japón) y que ya no es lo que era cuando juntos sumaban el 70% del PIB mundial y podían dirigir el rumbo de las cosas. Ya no, ahora apenas llegan al 50% con el agravante de que los que están fuera no les hacen caso. Como ejemplo, la economía francesa era el doble que la china en 1970 y hoy es tan solo una cuarta parte. Por eso hubo que inventar el G-20 que reúne el 85% del PIB mundial, aunque tenga el inconveniente de que entre tantos sea difícil llegar a conclusiones operativas y se trate más bien un foro para dar orientaciones generales y ofrecer la oportunidad de que los líderes del mundo se vean las caras en directo.

Elegir Biarritz para una reunión en pleno agosto ha perjudicado su vida normal, llena en esas fechas de veraneantes que han visto sus vacaciones alteradas por el estado de sitio al que ha sido sometida. Por no hablar de tenderos, restauradores y hoteleros. El despliegue policial, al que ha contribuido España, ha movilizado a diez mil efectivos. Como decía un chiste: "Más de 10.000 policías para vigilar a siete personas. Sabía que eran peligrosos, pero aún así...". Son reuniones que atraen a los profesionales de la protesta de todo el mundo y por eso hacen falta policías, vallas y controles. Estas reuniones deberían hacerse en uno de los muchos chateaux que tiene Francia y que sea fácil de aislar cortando simplemente un par de caminos de montaña.

La reunión de Biarritz ha procurado disimular las profundas divisiones que existen entre sus componentes y, de modo especial, entre Donald Trump y los demás hasta el punto de obviar el tradicional comunicado final y sustituirlo por una simple declaración lograda gracias a la habilidad diplomática de Emmanuel Macron, cuya estatura internacional ha salido muy reforzada de este encuentro. Porque las diferencias son muy grandes en cuestiones como el libre comercio, el proteccionismo, el cambio climático, el multilateralismo, el acuerdo nuclear con Irán, la relación con Rusia, el brexit y otras minucias. La postura francesa de vincular el Acuerdo Comercial UE-Mercosur a la política ambiental en Brasil no encontró respaldo en los demás y al final sólo se ofreció una ayuda de 18 millones euros que fueron al principio (luego no) airadamente rechazados por Brasil por mostrar "mentalidad colonialista", aunque la quema de sus bosques nos afecte a todos. Bolsonaro presume de ser el Trump de Brasil, como Boris Johnson juega a ser el Trump británico. Ambos se equivocan porque Trump solo hay uno, por fortuna, aunque tenga imitadores en su estilo directo, rompedor, poco reflexivo, lenguaraz, agresivo e impredecible.

Trump llegó a Biarritz en plena crisis con China (más aranceles, orden a sus empresas de salir de allí) y luego pareció moderar su belicosidad (Xi pasó de "enemigo" a "hombre brillante") solo para que sus asesores explicaran que sus dudas se referían únicamente a acelerar la entrada en vigor del último paquete de sanciones. Le gusta desconcertar y lo consigue: "es mi forma de negociar" confesó, mientras seguía animando al brexit con la promesa de un gran acuerdo comercial con el Reino Unido al día siguiente de su salida de Europa, aunque sepa que un acuerdo así tarda varios años en negociarse. Por su parte, los europeos (Macron más duro, Merkel más flexible, Tusk más escéptico) recordaron que la pelota está en campo británico, que son ellos los que se quieren ir y que por lo tanto también son ellos los que deben dar con la fórmula que permita eliminar la cláusula del backstop irlandés, convertida en el gran escollo para el acuerdo porque no se puede estar a la vez dentro y fuera de la UE. Tras la fallida tentativa norteamericana de comprarle Groenlandia a Dinamarca, circuló estos días un chiste que mostraba a Donald a Trump aconsejándole a Boris Johnson que resolviera de una vez el problema... ¡comprando Irlanda! A Johnson le ha debido parecer más barato cerrar el Parlamento...

Macron ha dado un golpe de efecto al invitar a Mohamed Zavad Jarif, ministro iraní de Exteriores, a darse una vuelta por Biarritz para tener una reunión con altos funcionarios de la UE, franceses, alemanes y británicos, de la que salió una propuesta para una posible cumbre entre Trump y el presidente Rohani. No es creíble que Trump no lo supiera de antemano, como alega, porque luego no se ha negado al encuentro "si se dan las condiciones adecuadas". Sería el primero desde la crisis de los 444 rehenes en 1979 y es el tipo de iniciativa que gusta a su carácter imprevisible y dotado de una confianza infinita en sus propias capacidades personales para lograr lo que los demás no consiguen. El riesgo es repetir el modelo de Corea del Norte, con encuentros de gran impacto mediático pero de nulo resultado práctico por falta de previa preparación diplomática, aunque no parece probable que suceda porque Rohani ya ha dicho que él no está para fotos y exige que EE UU levante antes las sanciones.

La Cumbre de Biarritz no ha fracasado como la de Quebec y eso es una buena noticia. Pero no hay que engañarse porque el G7 pierde mucho sin China y Rusia, que tienen el grave inconveniente de no ser democracias. El resto tiene mucho de fuegos artificiales.

*Embajador de España

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