30 de agosto de 2019
30.08.2019

No hay jerigonza española

30.08.2019 | 01:03
Fernando Granda.

"No entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros andantes?" (Capítulo XI de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha). Jerigonza, que la Real Academia Española considera lenguaje especial de algunos gremios, complicado y difícil de comprender. Los cabreros no entendían lo que hablaban don Quijote y Sancho. Tampoco parece que entiendan los políticos españoles la geringonça portuguesa, apelativo con el que los conservadores bautizaron entre bromas los pequeños acuerdos a los que llegó el socialista Antonio Costa y con los que la izquierda gobierna en Portugal. Un acuerdo que ha superado una legislatura con un gabinete minoritario, sin coalición, y con sólo unos puntos coincidentes en los programas electorales de cuatro formaciones políticas. Una izquierda que no ganó pero consolidó un pacto que desalojó a un gobierno de la derecha minoritario. Los políticos portugueses han considerado prioritario gobernar antes de repartirse carteras, orgullos y personalismos. Dieron el Gobierno al más votado de los partidos de la izquierda mientras los otros tres vigilan desde el Parlamento (Asamblea Nacional) el mínimo acuerdo al que han llegado, con unos escasos puntos coincidentes. Según las informaciones que recibimos los votantes españoles, tras cuatro meses después de conocerse los resultados surgidos de las urnas, en nuestro país parece que ni se cruzan los programas para conocer las coincidencias y componer un acuerdo de mínimos. Si la derecha alcanza pactos parciales y apoyos puntuales para salvar votaciones que permitan gabinetes de perdedores, la izquierda ni siquiera llega a eso. Cuentan las crónicas lusas que, ante la situación de que ninguna formación política conseguía una notable superioridad sobre las otras, ante la formación de un acuerdo minoritario de los partidos de derecha que llegó a formar gobierno, el actual primer ministro, el socialista Antonio Costa, se presentó en la sede del rígido Partido Comunista y se encerró con Jerónimo de Sousa, su líder, hasta que conformaron unos puntos en común. Al frágil acuerdo se sumaron las otras formaciones progresistas, Bloco de Esquerda y Los Verdes, y derrocaron parlamentariamente al recién formado Gabinete conservador. No hubo firmas conjuntas, poses fotográficos ni otras gesticulaciones grandilocuentes. Los escasos puntos de los débiles acuerdos consiguen, para algunos observadores y politólogos, un desarrollo más democrático de la gobernabilidad puesto que para cada decisión han de negociar entre quienes sostienen al Gobierno minoritario, cada decisión ha de ser consensuada. Y si en Portugal apuntan que en la izquierda temían la época de las visitas de la troika comunitaria durante el rescate de la crisis, analistas españoles señalan las disposiciones que van tomando en las comunidades autónomas los nuevos gobiernos de la derecha, apoyadas en casi todas por los votos de la ultraderecha, para augurar finalmente un pacto en la izquierda para conformar el Gobierno nacional. El panorama insinúa nuevas elecciones aunque los optimistas miran hacia Lisboa y creen posible una geringonça española. Si Europa admira ahora el milagro portugués es, según el secretario de Estado de Asuntos Parlamentarios, por la "capacidad de los partidos para mantener las diferencias entre sí, pero con entendimiento en materias esenciales". Asuntos sociales, lucha contra las desigualdades, sanidad, educación, servicios públicos, parecen puntos suficientes para lo que los conservadores lusos tildaron irónicamente de geringonça pero que lleva años gobernando en Portugal. Puede que sea importante llegar a grandes acuerdos programáticos pero quizá se pueda empezar con tres o cuatro pequeños pactos a la portuguesa. Paso a paso se avanza lentamente pero se avanza.

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