Las ciudades han sido testimonio de todos los avatares de nuestra historia, una especie de complejo tablero en el que hemos dejado una huella imborrable formada a base de creencias, comportamientos y disposiciones. El territorio, en la mayoría de los casos, ha sido aliado, nos ha ofrecido justamente el soporte a partir del cual construir la compleja maraña de nuestras urbes, justo por eso quizás el hombre ha entendido erróneamente que éste no es sino una especie de manto homogéneo en el que establecer sus directrices. Es triste advertir como las trazas del territorio se rompen, se limpian y se pulen hasta desaparecer para colocar edificaciones de proporciones y tipología que poco tienen que ver con el lugar. Esas edificaciones desproporcionadas, cicatrices del mundo capitalista, forman a su vez urbanizaciones; el lugar en el que se asientan da igual, pues su arquitectura no responde al paisaje, al ruido o al silencio de la zona, al sol, sólo a parámetros de edificabilidad y ocupación cifrados en metros cuadrados y en un puñado de euros. Así las ciudades crecen como enormes manchas de aceite distribuidas sobre un territorio que nada, parece, tiene que decir.

Este mundo, potenciado por el consumo global, el mismo que nos invita a acudir a centros comerciales localizados en la periferia y vivir en urbanizaciones cerradas alejadas de "cualquier peligro", conforma ciudades insostenibles. Ciudades monocéntricas y diseminadas que no protegen los recursos de su alrededor, que no integran a las comunidades porque los espacios públicos han sido sustituidos por zonas de aparcamiento o por estrechas aceras sin sombra, sin ninguna sombra. En estas ciudades nadie conoce a nadie, la vecindad parece haber sido cosa del pasado, no existe una estructura urbana que integre y optimice la proximidad de los individuos. No existe comunidad humana dinámica promulgada por la diversidad.

Ni siquiera los centros históricos, allí donde existe más mescolanza, parece que sobreviven a los avatares del presente. Su pátina, creada a base de convivencia, de historias, de juegos de niños, ha sido lapidada, en su lugar solo parece que podemos encontrar experiencias de consumo similares. En Lisboa, Rotterdam, Roma o La Laguna podemos pasear por calles que nos conducen hasta el siguiente Zara o Starbucks mientras nos cruzamos con interminables hileras de sillas y mesas acompañadas por las imponentes sombrillas blancas que publicitan la cerveza más vendida del bar, esa misma con la que el turista, cámara en mano, intenta saciar su sed después de andar durante horas el camino preestablecido. Nada queda de los olores a comida casera, de los avisos de las madres amplificados por los patios de vecinos para que sus niños acudan a la mesa, nada de las fachadas hechas portería de un estadio de fútbol imaginario, en su lugar calles cuidadas, llenas de rehabilitaciones de viviendas a base de pintura y paredes de cartón yeso y bisagras de quita y pon, que en la mayoría de los casos permanecerán vacías hasta que su dueño (millonario, pues los precios tras la gentrificación quedan prohibidos para el que vio su barrio crecer) vuelva a deshabitarlas hasta la llegada de sus escuetas vacaciones.

No es extraño entonces entender el cambio de sensibilidad que está surgiendo en la sociedad actual. Las situaciones de pobreza, y la reinvención económica basada en el reciclaje de lo ya construido, tras el desarrollo insostenible de los últimos años, ha promulgado la aparición de ciertos valores perdidos, aquellos que tienen que ver, como decimos, con el entorno, pero también con la comunidad y con el espacio público de calidad, es decir con el lugar en el que la multitud nace y se hace. En este sentido la plaza debe de volver a ser la unidad de identificación primaria de quien vive en la ciudad.

Teniendo en cuenta estas nuevas sensibilidades, nuestras ciudades deben, ahora más que nunca, dar importancia a sus vacíos urbanos, y no me refiero solo al vacío como espacio no construido, sino al vacío como espacio público, aquel lugar que es capaz de ser plaza, pero al mismo tiempo mercado efímero, que es capaz de asumir, con la ayuda de un gran zaguán abierto, el perfecto recreo de unos niños que juegan al balón o al escondite. El vacío de calidad pone en evidencia el sonido de las calles, el murmullo de los viandantes, no somete al territorio sino que lo hace parte de él, ayuda a las trazas existentes a salir para hacernos más sensibles con el lugar que pisamos.

Nuestras ciudades deben de estar llenas de personas que conformen barrio, ser justa y no venderse, apostar por la calidad sin caer en la imposición de intervenciones millonarias que hagan huir a los que verdaderamente hacen ciudad.

Nuestras ciudades deben de devolvernos los paseos, incitarnos a caminar, ser diversas, mestizas en usos y en habitantes, tener un transporte público eficiente, buscar la belleza. Nuestras ciudades deben de incitarnos a recorrerlas a pie, ser compactas, deben de empujarnos a reclamar la escala y el espacio del peatón, hacernos sentir que nos pertenece, conformar el espacio perfecto para propiciar el encuentro, el contacto, para hacernos imaginar, dejarnos sentir el entorno rural, protegerlo y también, por qué no, invertir el campo hasta llegar a meter huertos en lo que creíamos que siempre estaría construido.

Nuestras ciudades deben de propiciar una rica cotidianidad.

* Arquitecta. Docente en la Universidad Europea de Canarias