La gestión de la catástrofe que ha sufrido Canarias, el incendio de la bellísima zona de Tamadaba, en Gran Canaria, ha sido una obra admirable de los especialistas en controlar el fuego, seguidos por las autoridades a las que les correspondió la tarea de disponer de los medios necesarios para que la tragedia no se transformara en catástrofe civil y humana.

Eso lo han entendido todos los sectores de la sociedad, que han hecho explícitos los correspondientes y muy merecidos parabienes. Un efecto suplementario, muy importante, se ha añadido a este contento, que es una forma de alivio de una población que, en Gran Canaria y en toda la comunidad autónoma, ha sentido como propio el sufrimiento de miles de vecinos de las zonas afectadas.

La solidaridad que siguió a la difusión de las escenas de sufrimiento alcanzó a todo el territorio nacional. Y autoridades que hacen su trabajo en Madrid se desplazaron a hacer a pie de obra declaración de su preocupación y de su afecto. Eso a los afectados les ha tenido que llenar de otra forma de alivio: su tragedia importó, harán algo, para hacerles llegar no sólo las palabras sino las ayudas para pasar por el horrible trance de sus pérdidas.

Añado a esta lista de satisfacciones la de observar a los distintos partidos que conforman la realidad política canaria expresar juntos la solidaridad con los vecinos y con aquellos que han tenido el deber técnico y político de ocuparse de que el drama no llegara a los niveles más temibles. Las desgracias unen; esperemos que no sólo unan las desgracias sino los éxitos o las luchas colectivas por alcanzarlos en las más diversas esferas del interés público, como la sanidad, la educación o, simplemente, el cariño.

Pero hay algo que reconfortó especialmente. Tiene que ver con el lenguaje, con la comunicación sucesiva de la magnitud cierta de la tragedia y la narración oficial de los términos en que se estaba planteando la lucha contra el fuego. Existen unos protocolos, reconocidos y utilizados, que establecen cómo ha de lucharse contra el fuego. Los que luchan contra el fuego son los especialistas, que dominan ese lenguaje y, por tanto, el uso que corresponde al ejercicio de la experiencia de apagar incendios. En ocasiones, como ahora, son los políticos que custodian lo público los que explican cómo van las cosas. Debo decir que en mucho tiempo no había contemplado y escuchado tanta serenidad para relatar un suceso así. Se explicó, por parte de todos los agentes implicados y especialmente por parte del presidente del Gobierno de Canarias, Ángel Víctor Torres, y su consejero portavoz, Julio Pérez (que es abogado y también es periodista, lo fue en El Día y en La Provincia), de modo que todo el mundo pudo entender las distintas fases del suceso, sin que en su relato hubiera jamás otra cosa que información, datos y detalles, dichos para que fuera comprensible no sólo la magnitud de lo que ocurría sino la exacta dimensión de la esperanza que había de llevar a la paz esta horrible guerra.

No hubo, en todo el proceso, ni un minuto de histeria, y eso ayudó a la población a tomarse la información, hasta cuando ésta era de naturaleza dramática, con la suficiente naturalidad, que no resignación. El desarrollo de los acontecimientos podía haber desatado ataques de pánico, muy razonables, o de histeria, pues el sufrimiento de quienes sufrían y de quienes acompañaban a los que sufrían llegaron a límites superiores al aguante humano. La información continuada y serena, hecha para que se entendiera, le dio valor a cada una de las actuaciones, porque éstas fueron muy bien explicadas. No hubo picos en el relato; fue como una narración sin altibajos hecha para que los únicos altibajos fueran los que fatalmente reclamaba el fuego.

Ahí jugaron un papel especial las palabras dichas, que acallaron rumores. El incendio no estaba a la vez extinguido o controlado o estabilizado o no era conato o gran incendio o incendio forestal o de interfaz urbano-forestal? El incendio era una cosa o la otra, y no era a la vez nada de todo eso, y esa mezcla que hubiera sido explosiva (e histérica) no se produjo. Se atendió a cada una de las palabras que correspondía a la tragedia, y ésta se comprendió, se atacó y, parece, se controló del todo en medio de una población que sintió que las cosas eran como se iban contando. Fue un alivio al final, pero durante todo el tiempo las palabras que decían lo que estaba pasando fueron también materia de alivio. Como eso no es exactamente común, parece adecuado hacerlo constar.