14 de agosto de 2019
14.08.2019
GENTES Y ASUNTOS

La mirada

14.08.2019 | 00:24
Luis Ortega

Las historias nacionales se obstinan todavía en diferenciar sus relatos y enfatizar las singularidades por encima de cualquier objetivo, incluida la verdad. Con ese empeño algunos caen en las peligrosas anécdotas; otros se enredan en las vistosas selvas del folclore y unos terceros se limitan a los imaginarios inducidos del patriotismo mal entendido y peor digerido.

En una iniciativa memorable, el Museo del Prado y otras catorce instituciones internacionales demuestran, a través de la mirada de tres genios, los errores, imposturas y reducciones de los que hablamos. Bajo el título Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines, setenta y dos obras de estos maestros, y un soberbio complemento de coetáneos, nos brindan el horizonte de coincidencias del barroco en España, una potencia en declive político y económico y Holanda, una nación emergente y empeñada en su singularización.

Incluida en el programa del Bicentenario de la pinacoteca, la exposición tiene dos objetivos rotundos; de una parte, enseñar pinturas cimeras de los Países Bajos, uno de los capítulos más breves y pobres de sus colecciones por la larga, costosa e irreversible emancipación; y, de otra, expresar las analogías que, al margen de los asuntos -digamos que sacros, épicos y domésticos por simplificar- permiten establecer comparaciones y ratificar coincidencias que le dan una incuestionable internacionalidad al siglo XVII donde la pintura adquirió sus cotas más gloriosas.

Encuadrados todos en una centuria, sólo la presencia temporal de seis cuadros de Vermeer (1632-1675) y la contemplación de Los síndicos de Rembrandt (1606-1669) constituyen una efeméride del máximo nivel que tiene, como lujo añadido, los nombres de Carel Fabricius, El Greco, Hendrick ter Brueghen, Ribera, Pieter Claesz, Frans Hals, Jan Both, Hernan van Swancvelt, Jan Asselijn y nuestro Murillo. Todos ellos profesaron en un credo estético que, por encima del tema e, incluso, el interés del mecenas, unía a los artistas en el rechazo a la rigidez clásica; en el reto de captar la atmósfera y la emoción, las luces y las sombras de la realidad elegida; en busca del propósito sin ataduras, la libertad que, en sí misma, despierta y proyecta afinidades en los creadores sensibles.

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