13 de agosto de 2019
13.08.2019

Un kadish por José Carlos Cataño

13.08.2019 | 00:51
José María Lizundia

Fue mi hijo quien desde Washington me comunicó la triste noticia; a él que le gustaban tanto los viajes, la noticia viajaba. Al menos merece Cataño la calificación de excelso en dos géneros, como enorme poeta y diarista: nadie que haya leído Los que cruzan el mar, olvidará la emoción inducida. Y en mi caso su blog, aunque solo fuera por sus cielos siempre poblados de vencejos y celajes. Los dos son transfiguraciones; están para no estar en cuestión de segundos o minutos. A poca gente he conocido con su extrema sensibilidad, era la llama de una vela. Ha pasado a ser el trasterrado canario por antonomasia, que es lo que quiso ser además de poeta, para dar cuenta de ello. Vio hundirse su mundo, la casa de sus padres, los propios padres, desaparecer La Laguna y San Roque, su niñez y juventud. Nunca se repuso. No se resignó a la pérdida, en realidad luchó toda su vida para que fuera siempre vivida con igual lamento. Para ello hay que conjurarse contra el tiempo que todo lo cicatriza. El paraíso de la infancia y el paraíso canario, el significante paraíso organizando el sentido: el hiato, que solo era posible estando fuera, desde Barcelona, a donde no se hizo. Con Canarias se volcó, nadie mejor que él para auscultar el alma cetrina de las noches laguneras con el rumor de las palmeras mecidas por el viento y la lluvia. Según el psicoanálisis, en los estados de tribulación, melancolía, pérdida se sufre sin duda, pero también se puede obtener un beneficio secundario, compensatorio. Cataño amaba esos estados, los quería, porque confieren una intensidad que, aunque mórbida, se desborda afilada, y abocan a la poesía, a trances, te envuelvan. Como él se envolvió de su propia imagen dibujada (era notable dibujante) para sí mismo: sus zapatos bicolores, su bigotito recortado, sus poses en blanco y negro de escritor.

Organizamos juntos una jornada extenuante sobre Judaísmo y literatura en el Colegio de Abogados. El trajo a Horacio Vázquez Rial, Esther Bendahan, Marcos Barnatán y otros. Siempre fue fiel al judaísmo, antes hubo de prepararse los seiscientos cánones de la Torá con el rabino de Kenitra (Marruecos). Vivió en Safed (Israel) al calor de la cábala. No era el clásico liberal que ve con simpatía el enclave democrático de Oriente medio. Lo de él era la opción religiosa de una nomocracia (así llama Jon Juaristi), la de los jueces de Israel. Demanda de figura paterna y justicia bíblica. Shalom Aleijem.

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