13 de agosto de 2019
13.08.2019

El dolor de los cetáceos

12.08.2019 | 23:51
Francisco Javier León Álvarez*

Si hay algo que los humanos no consideramos importante es la educación ambiental. Solo cuando surgen las alarmas por la peligrosidad del agujero en la capa de ozono (que afecta a la piel), por un escape radioactivo de una central nuclear (que provocaría nuestra muerte automática) o por un vertido incontrolado de productos químicos en un río (en el cual pescamos para el consumo) es cuando la preocupación toma forma. No lo hacemos por el daño que conlleva para la naturaleza, sino por puro egoísmo porque parece que lo único que merece la pena es nuestra supervivencia, sin considerar que este plantea lo conforman otros seres vivos, que también sienten y padecen.

Solo de esta manera se entiende la barbarie cometida en marzo pasado, cuando la hélice de una embarcación le cortó la cola a una ballena calderón en aguas canarias, lo que provocó que se le aplicase la eutanasia para que dejase de sufrir. Al final, el animal acabó descuartizado y cada una de sus partes guardadas en bolsas, enterrándolo posteriormente en Arico. Lo más probable es que el causante de este asesinato fue uno de los muchos barcos ilegales que se utilizan para el avistamiento de estos cetáceos. Mientras unos satisfacen sus deseos de contacto directo con la vida animal del océano, otros solo piensan en obtener dinero a toda costa de manera ilícita y sin que las autoridades intervengan.

Al final, lo que prima es el turismo, independientemente del impacto que tenga sobre nuestro territorio, y quien lo sufre en este caso son los propios animales, que ven limitada su libertad y que acaban acorralados. En algún lugar de este país alguien presumirá con sus fotografías de lo hermoso y subliminal que es ese espacio azul, donde habitan seres indómitos, y entrarán en éxtasis cada vez que muestren a sus amigos dichas fotografías o las suban a las redes sociales para alimentar su ego. En otro, una familia de calderones habrá quedado destrozada por la pérdida de uno de sus componentes y el dolor de cada de uno de ellos nadie lo tendrá en cuenta porque se considera que los animales ni sienten ni padecen.

A los causantes de ese asesinato y a quienes fomentan esa ilegalidad los llevaría a un matadero de animales destinados para el consumo humano, gracias a los cuales tenemos a nuestra disposición esa carne tan jugosa, presente en las grandes superficies y que se dispone de manera apetecible para alimentar la gula. Los nazis crearon sus campos de extermino, donde quemaban los cuerpos de los judíos gaseados; los mataderos cumplen la misma función porque los animales saben que, al subir a las jaulas de los camiones, desde las granjas donde se crían, van directos a su descuartizamiento y asesinato.

Allí, cuchillo, sierra y machete en mano, otros humanos actuarán de manera despiadada, abriéndolos en canal y desollándolos hasta que no les quede ni una gota de sangre. No sé si esas mismas personas, turistas que quizás reían con sus respectivas parejas y que abrazaban a sus hijos en aquel momento en que veían los calderones en Canarias, soportarían el más mínimo atisbo de dolor ante esa escena. Lo más probable es que no aguantasen la mirada del animal que, en su lenguaje, ininteligible para nosotros, pedía a gritos que lo salvasen de aquella crueldad.

Automáticamente, esos adultos les taparían los ojos a esos menores para que no contemplasen tan monstruosa escena y muchos acabarían abrazados a sus primogénitos, llorando y chillando, horrorizados. Pero, claro, son seres humanos, caracterizados por considerarse racionales; esto supone que saben distinguir entre el bien y el mal, tendiendo así a la protección de sus intereses por el ya referido instinto de supervivencia. Con todo, no son capaces de comprender que ese mismo mecanismo está presente en los animales, y les importa poco el sufrimiento de una ballena piloto, que comprueba cómo su cría se retuerce de dolor ante lo evidente, mientras ella se desgarra como una madre.

*Licenciado en Geografía e Historia

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