11 de agosto de 2019
11.08.2019
EDITORIAL

El desafío astronómico del Telescopio de Treinta Metros editorial

11.08.2019 | 02:37
El desafío astronómico del Telescopio de Treinta Metros editorial

El pasado 16 de julio tomaba posesión el nuevo presidente y consejeros del Gobierno de Canarias, y apenas tres semanas después se enfrentan a uno de los mayores y más complejos desafíos científicos de los últimos tiempos para las Islas.

Un reto que se plantea a más de 13.000 kilómetros de distancia, en otro archipiélago, el de Hawaii, donde la contundente negativa de la comunidad local a la instalación del Telescopio de Treinta Metros (TMT) en el volcán Mauna Kea, que consideran territorio sagrado, ha obligado al consorcio liderado por el Instituto Tecnológico de la Universidad de California y que aglutina a medio centenar de centros científicos de EEUU, India, Japón, China y Canadá, a barajar su futuro emplazamiento en el Pinar de las Ánimas y Juanianes, al borde de la Caldera de Taburiente, La Palma.

Una decisión que se tomará en firme los próximos meses de septiembre u octubre y que el Ejecutivo autónomo califica de "muy probable".

En la cumbre palmera figura lo que los expertos consideran como una de las baterías de telescopios más completas del mundo.

La aún breve pero densa historia de la observación astronómica tanto en Tenerife como en la Isla Bonita es una concatenación de éxitos. Por los propios descubrimientos en sí que se han realizado a través de sus cielos, como por las figuras de certificación logradas en torno a la observación científica.

La Palma, en toda su geografía insular, consiguió el 20 de abril de 2007 convertirse en la primera Reserva Starlight del planeta. En 2013 el Parque Nacional del Teide lograba otro hito, el del ser el primer lugar Patrimonio de la Humanidad designado como Destino Turístico Starlight.

Era en 1984 cuando se levanta el primer telescopio en el Roque de Los Muchachos, y desde entonces hasta ahora el nombre del Archipiélago no solo es un referente en la literatura astronómica ligado a los mayores descubrimientos del espacio profundo, sino que también lleva su marca en uno de los mejores instrumentos de observación existentes hasta la fecha, el Gran Telescopio Canarias (GTC), que cumple este año su décimo aniversario dejando un legado de incalculable valor, con 14.000 horas de observación y datos científicos difundidos en 450 artículos en revistas especializadas que lo colocan "en la frontera de la astronomía observacional", como resalta su director, Romano Corradi.

Al Gratecan, construido por iniciativa del Gobierno de Canarias y el Gobierno de España, se deben, entre otras muchas, las imágenes de una galaxia situada a 500 millones de años luz, que son las más profundas captadas hasta la fecha desde la superficie terrestre, lo que da idea del potencial que se abre con un TMT que triplica la capacidad de su espejo primario, y que podrá captar imágenes doce veces más nítidas que las del ya mítico telescopio espacial Hubble.

Todo esto es posible, entre otros factores, por la altitud. Los observatorios astronómicos precisan de cielos limpios, que sobrevuelen las nubes, no contaminados lumínicamente y con una atmósfera tenue que limite las distorsiones de la luz proveniente del Espacio. Muy pocos lugares reúnen esas condiciones.

Y los que las cumplen, por sus especiales características, están sujetos a diversas normas de protección, de las que El Roque de los Muchachos, incluido en la Red Natura, es merecedor de cuatro, desde las que afectan a planes de ordenación municipales a las que tratan de preservar la biodiversidad de la cumbre palmera.

El colectivo Ben Magec apela a todas ellas para evitar su instalación, al considerar que El Roque ya es un espacio saturado de instalaciones, y que lo estará aún más con un gigante que requiere de un gran edificio anexo a una cúpula de 60 metros de diámetro que se eleva hasta los 50 metros de altura.

El debate está servido y obliga a un sacrificio. Tanto si las alegaciones de la asociación ecologista prosperan, como si finalmente se recurre al interés general para superar el marco normativo.

En juego, la preservación del espacio natural y paisajístico, contra una inversión de 1.200 millones de euros, cientos de empleos para su construcción y explotación y situar a las Islas más allá de la vanguardia científica en un momento crucial de la exploración astronómica: la búsqueda de vida en los exoplanetas, uno de los principales objetivos del futuro instrumento, dotado de herramientas para fijar biomarcadores más allá de las estrellas, como marca la nueva ruta de la exploración humana.

El Gobierno de Canarias y el Cabildo de La Palma se han propuesto dedicar todos los esfuerzos a desbloquear la situación y a abrir las puertas al TMT, cuyo consorcio presentó el 25 de julio una solicitud de licencia de construcción, otorgada por el Cabildo, pero rechazada por el juez por la falta del preceptivo informe de impacto ambiental.

Un error que Canarias no puede permitirse en caso que la decisión de ubicarse en La Palma se haga oficial en las próximas semanas y se acepte el desafío.

A partir de ese preciso momento, todos los telescopios de la comunidad científica mundial pondrán su objetivo en la gestión de nuestras administraciones, en su capacidad de resolver obstáculos y de negociar con todas las partes involucradas para ofrecer la mejor de las soluciones posibles.

Fracasar una vez dada la palabra no es opción, ni tampoco el retrasarlo, dado que cuatro semanas de demora supone meses, cuando no años, de investigación perdida dado el volumen de datos que es capaz de generar una instalación de este formato.

El envite propuesto al nuevo Ejecutivo de Ángel Víctor Torres puede convertirse en una oportunidad inmejorable para reposicionar a Canarias en la órbita de la excelencia astronómica o, en su defecto, un monumental agujero negro para el prestigio del Archipiélago.

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