10 de agosto de 2019
10.08.2019
GENTES Y ASUNTOS

Mariano

10.08.2019 | 01:21
Luis Ortega

Debemos al gran Forges (Antonio Fraguas, 1942-2018) la recuperación del castizo nombre de Mariano y su adjudicación a un biotipo hispánico con méritos supuestos y defectos evidentes que, para fastidiar a los así llamados, se extendió en bromas y gags en la ficción y la calle. En esa moda, los hermanos Alberto y Laura Caballero bautizaron a un albañil chapucero y vendedor de enciclopedias y lo alojaron en el edificio de la calle Desengaño 21, donde su hijo Emilio trabajaba como portero.

Emitida desde septiembre de 2003 a junio de 2006, Aquí no hay quien viva juntó en Antena 3 caras nuevas y secundarios fiables entre los que encajó "como un zapato a la medida", un actor de rebote -fue elegido en un casting cuando acompañaba a un amigo- y, desde entonces, realizó pequeños cameos que "no le sacaron de pobre". Con un físico singular, prototipo del superviviente en la vida y la ficción, Eduardo Gómez (1951-2019) como Mariano colaboró en la estrambótica comunidad de vecinos donde se visualizaron los vicios, mañas y mentiras de la convivencia. El entremetido personaje -menudo, delgado, fantasmón- actuó como un filósofo de vía estrecha a satisfacción de los creadores de la serie que, cuando emigraron con la idea, la estructura y el reparto a la competencia, lo incluyeron entre los personajes imprescindibles.

Con un trío femenino de lujo -Enma Penella, Mariví Bilbao y Gemma Cuervo- y supervivientes como José Luis Gil -que pasó de Juan Cuesta a Enrique Pastor, igual de acomodaticio- y familias con problemas, diferencias y coincidencias ruidosas, Mariano ejerció como la conciencia crítica y el sentido común de la comunidad; su liderazgo en la sección masculina no sólo caló en Montepinar sino, sobre todo, en la audiencia. Su pregunta -¿Huevones o leones?- entró en el imaginario de la calle como el actor que falleció a causa de un cáncer contra el que luchó con denuedo.

Se hizo hueco con su facha de extrema delgadez, su chulería castiza -aunque era alicantino- y, sobre todo, con una bonhomía que recordaron sus conmovidos compañeros. Con todo merecimiento fue el secundario de lujo que, en broma y en serio, demostró su talento, su adaptación a todas las circunstancias y, hasta la hora final, con absoluta convicción en la honradez y calidad de su trabajo.

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