28 de julio de 2019
28.07.2019
TESTIGO DE CALLE

Dickens, Unamuno, Iglesias y Los Troncos

28.07.2019 | 00:45
Juan Cruz Ruiz

Fe de errores. Me disculpo con los lectores de EL DÍA. Escribí calamitosamente el último domingo en esta sección que en un día muy juvenil me llevé de la biblioteca benemérita del Instituto de Estudios Hispánicos Oliver Twist, y le atribuí al inmortal libro (también para mi memoria) de Charles Dickens al también inmortal Miguel de Unamuno. Tiene una simple explicación: hablaba en el artículo sobre don Luis Castañeda, que me descubrió a don Miguel, y mi memoria saltó como un gamo y se desvió hacia el vasco cuando nombré el título del inolvidable inglés. Días después fui a mi casa en el Puerto, donde leí aquellos libros, pegado a una cañería que ya para siempre me ha hecho asociar la lectura al sonido del agua. Ya no está la cañería. Pero en la mampostería de la puerta siguen los vestigios torpemente borrados del primer poema que copié, If, de Rudyard Kipling. En la pared no se escribe, me dijo mi madre, y me lo hizo borrar con la uña. Mi hija descubrió la huella mil años después, y ahí sigue, como herencia de un tiempo en que yo creía, como todos los niños, en la inmortalidad. Ahora han pasado el tiempo y las sonrisas, y ahí siguen los versos de Kipling cerca del recuerdo de la cañería. Del libro de Dickens me queda también Oliver, el nombre del nieto.

Pepe el de los Troncos. Estuve con amigos en un buen restaurante de La Vera. Al camarero le pareció insólito, y nos lo afeó, que hubiéramos hecho, por error, dos reservas. Avergonzados por él, sentí que habíamos cometido un pecado mortal. Nos pareció bien pedir salmón. No hay para tantos, dijo el camarero. Si hubieran venido las dos reservas qué hubiera pasado, pensé. Al final, alguien tenía que exponer un proyecto; se precisaba silencio. La música no se puede quitar, ni bajar: normas de la casa, hasta que se vaya el penúltimo cliente. Mi pueblo. Recordé todo esto este viernes, cuando supe que mañana cierra sus puertas, 42 años después de abierto, un templo de la cortesía, Los Troncos, en la calle del Perdón, en Santa Cruz. Pepe Herrera Santana, grancanario que eligió Tenerife para explicar gusto y cocina, ya quiere descanso. Fue nuestro refugio de día y de noche; íbamos a ver a don Domingo Pérez Minik, y a dos pasos teníamos Los Troncos, donde el maestro pedía huevos a la inglesa y gambas al ajillo. Cuando estaba solo pedía los mismos alimentos, y quizá un vaso de vino en recipiente escaso. Y, para acabar, en los buenos tiempos, un White Label con soda. Era un templo de cortesía, sin música de fondo, sin malos modos, una explicación cotidiana de la amabilidad que mantienen los sitios vivos en la sugestión de comer y en la memoria del gusto. Mucho más que un restaurante, fue la capital de nuestras soledades, su barra siempre a la espera de que algún amigo, en tiempos son móvil, pasara por allí. Los Troncos, un hallazgo de la vida.

El Crack. He vuelto al libro más triste de Francis Scott Fitzgerald, El Crack. Y lo he estado releyendo estos días, mientras se ha desarrollado la ceremonia interminable de la investidura de Pedro Sánchez. En el último episodio de la riña televisada ya había llegado, en la lectura, al capítulo que se llama El Crack, que da título al libro y que también explica la decrepitud a la que llegó, tan joven, el autor del más festivo, pero igualmente derruido, Gran Gatsby. La atmósfera de El Crack ingresó en mi manera de ver la impostura general, pero sobre todo ese derrumbamiento, en el que seguro que hay mucho de ficción, que expresó en su gestualidad a veces faltona el líder de Podemos, factor esencial del malestar que expresa su partido cada vez que las cosas no van como él y su organización quieren. En 2016 pasó lo mismo, y ahora sucede que las culpas se hacen recaer de nuevo en el que no logra la investidura. Me parece que no todo se puede explicar porque no todo se puede hacer como nos da la gana. En la vida, en la escritura o en los restaurantes.

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