16 de julio de 2019
16.07.2019
A BABOR

El cobrador del frac

16.07.2019 | 00:30
Francisco Pomares

Mucho ha tardado Paulino Rivero en pasar factura de todas sus deudas: sus declaraciones en el conocido formato jamonero que es práctica habitual de su compadre periodista, son un dechado de sutileza y bonhomía: Barragán -que fuera su fiel segundo hasta más allá de lo razonable- es retratado como "un mandado", y los demás -Clavijo, Alonso y Oramas, que ganaron la pelea en el Consejo Político y le dejaron fuera del poder- son "los responsables del descalabro de Coalición Canaria". Rivero construye, como ha venido haciendo desde el minuto uno de su vida política, un catálogo de mentiras, verdades a medias y mixtificaciones, para explicar de la mano de su amigo y propagandista, que Coalición murió el día que él se quitó de en medio, que él fue un presidente muy progresista y que la culpa de lo que ha pasado la tiene la ambición de Clavijo, que no quiso irse a tiempo e impidió un acuerdo de centro derecha.

Mentira uno: el golpe de gracia a Coalición Canaria no se produjo al irse Rivero, se produjo cuando Rivero llegó, precisamente al forzar desde la presidencia del partido la quiebra de Coalición Canaria que provocaría un cisma interno y la creación de Nueva Canarias. La suma de los votos nacionalistas de Coalición y de Nueva Canarias sigue arrojando desde entonces unos resultados porcentuales muy similares a lo que antes de la ruptura era el voto de Coalición Canaria. Lo que ha impedido que el nacionalismo sea la fuerza política central en las islas es su división, una división que surge del pleito que enfrentó a Rivero y Román Rodríguez. Un pleito ahora tapado por el rencor al enemigo común, pero que es la base de la percepción grancanaria de que Coalición es la enemiga. Y de que nadie recuerde ya que Román, presidente grancanario de Coalición, dejó de serlo porque Rivero lo sacó a cajas destempladas de la candidatura, alegando que había llegado el momento de la alternancia.

Y para mentira dos, la del presidente progresista. Rivero ha sido el político más antisocialista de la historia de Canarias. Como presidente de su partido cerró dos acuerdos regionales con el PP, cuando aún ni había acabado el recuento de los votos. Aplicó siempre una política radicalmente conservadora en lo social, pueblerina, autoritaria y demagógica. Su enfrentamiento personal con su vicepresidente Soria -es difícil meter dos gallos en un gallinero y que aguanten juntos- le llevó a una bronca monumental con el Gobierno de la nación, y después a cerrar un acuerdo con José Miguel Pérez, durante el que intentó venderse como progresista, colocándose en el ridículo de basar toda su política en la guerra contra un petróleo que ni siquiera existía.

Y mentira tres: que Clavijo no quiso irse. Rivero sabe que es falso. Sabe que estaba cerrada su salida con el PP y con Ciudadanos. Sabe que lo que impidió el acuerdo de centroderecha no fue la negativa de Clavijo a irse, sino la de Antona a entrar. Primero a entrar él, y luego, con su llamada a Curbelo, a que le sustituyera María Australia Navarro, tal y como había acordado Génova con Coalición.

Pero a Rivero no le importa la verdad, ni mucho menos el futuro del que fuera su partido, ni lo que le ocurra al nacionalismo en Canarias. Lo que le preocupa es cobrar sus deudas. Y en ello está.

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