11 de julio de 2019
11.07.2019

Tomo nota

11.07.2019 | 00:32

Supongamos que está usted sin trabajo y que recibe una llamada de una importante empresa de remolcadores que le ofrece un puesto de consejero. Le parecería una broma, pero estas cosas pasan. Le ha ocurrido, sin ir más lejos, a Felipe González, el expresidente del Gobierno. Bueno, no sabemos si estaba sin trabajo, suponemos que sí, porque hay que estar muy mal para aceptar ese puesto. ¿Qué sé yo de remolcadores?, se habrá preguntado González. ¿Qué sabemos usted y yo de remolcadores? Nada. Los hemos visto a veces en la tele, tirando de un barco averiado y poco más.

Yo tengo muchas fantasías. Según la última, por ejemplo, recibo la llamada del representante de un multimillonario que quiere dejarme su fortuna. El hombre se encuentra en el lecho de muerte, a cuya cabecera acudo para darle las gracias. Entonces aparece un notario que da fe del testamento. El hombre al que estoy a punto de heredar es admirador de mi obra, de ahí su última voluntad. Durante los días que preceden al óbito, no me aparto de su lado. Y así, entre estertor y estertor, me cuenta su vida, que resulta apasionante. Tanto, que a su muerte decido novelarla, en parte para agradecerle la transferencia de su fortuna, en parte porque estoy subyugado por la peripecia vital de mi benefactor.

El libro se publica y resulta un éxito de carácter mundial, con lo que me hago dos veces rico: la primera, con la herencia; la segunda, con los derechos de autor. Lo he resumido mucho porque en la fantasía intervienen otros personajes, parientes del finado, también admiradores míos, que me abren a mundos completamente desconocidos para la clase media. Hay cientos de detalles, algunos un tanto escabrosos, que enriquecen la aventura mental que atraviesa mi encéfalo mientras, tumbado boca arriba, observo cómo cambian las tonalidades del techo con la caída de la tarde. Tengo una fantasía para cada día de la semana, todas en fase de crecimiento. Lo que no se me habría ocurrido ni en mil tardes de lluvia es que me llamara el dueño de la segunda empresa de remolcadores del mundo para ofrecerme así, por la cara, un puesto en su consejo de administración. Pero podría pasarme, como a González. Tomo nota.

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