Hace años, durante una protesta a la que había acudido con varios amigos en la Plaza de la Candelaria, un representante de los trabajadores que repartía huevos crudos entre los manifestantes se acercó a nuestro grupo, nos puso uno a cada uno en las manos y dijo que cuando él diese la orden, había que estamparlos al unísono contra la fachada del Palacio de la Carta (entonces sede de una entidad financiera en aquel momento cerrada justamente por la algarabía callejera). No recuerdo si fui la única que se lo devolvió (de muy malas formas, a pesar de mi natural cobardía para cualquier tipo de enfrentamiento) preguntándole si estaba loco ¡contra esa preciosidad de edificio! ¡como si sus piedras tuviesen la culpa de la inquina de su sindicato contra los bancos y demás demonizados, con o sin razón!

Mucho tiempo después y justo en el mismo lugar de esa antigua Plaza de la Constitución (¡inolvidable nombre que tuvo!), asistí a la presentación del programa de Ciudadanos (aclaro que, con similar intención de situarme en el paisaje político actual, ya había asistido en días previos a los mítines de otros partidos aunque me "salté" el de un partido de los llamados de extrema derecha por no coincidir mis ideas con las suyas y el de otro de extrema izquierda por ser delicada de estómago).

En esta ocasión, un compañero que me acompañó, me echó en cara lo poco dispuesta a aplaudir. Le contesté que aquello era una representación y, como tal, aplaudo ligeramente como saludo cuando el actor entra en escena y guardo para el fin del espectáculo un par de despedidas: con pasión y entusiasmo cuando, por ejemplo, Denis Matsuev interpreta un concierto de Rachmaninov (cualquiera) o cuando la Banda Sinfónica de Música de esta capital toca un bolero (cualquiera) o térmicamente fría pero educada, cuando el interés de la función ha sido flojito o los actores no han dado la talla. Y aquí les había faltado altura, perímetro y peso. Y bien que siento decir esto porque Marcos de Quinto se esforzó, Albert Rivera es guapo y Melisa Rodríguez y Vidina Espino pues? supieron moverse con soltura sobre sus tacones. Pero nada más. Sólo una incesante reiteración del deseo de que su líder fuese el próximo presidente de gobierno, frase que constituyó el preámbulo, el contenido y hasta la coda de la función. No noté más "chicha" ni más emoción ni más interés.

Quizás por ello no me he sorprendido de los zigzagueos en el apoyo a uno u otro partido evidenciados en la totalidad de la geografía española. "Como todos" dirán. Puede ser pero a la masa de votantes que percibimos a Ciudadanos como una novedad juiciosa y útil no nos sirve tal realidad. Perdidos están entre la creación de grupúsculos de seguidores fieles a los que ordenar desde la lejanía el qué, el cuándo y el con quien o los infieles que pensarán "ahora te vas a enterar" y vuelan por su cuenta aferrados a cargos conseguidos con el empuje del partido que desdeñan. Debí haber guardado los huevos del sindicalista y utilizarlos ahora ante tanto despropósito... el mayor de todos ellos el tremendo error contra la reelección de Fernando Clavijo (al que nunca he votado pero al que considero el presidente más adecuado para esta autonomía y totalmente ajeno a la caza de brujas orquestada contra él por antiguos rencores interesados).