03 de julio de 2019
03.07.2019

Desequilibrios territoriales

03.07.2019 | 02:06
Daniel Capó

Otra forma de abordar la crisis territorial sería fijarse menos en las cuestiones nacionales y algo más en los desequilibrios de poder. No digo que se trate de lo uno o lo otro, pero sí que deberían conjugarse ambas perspectivas. Por causas que no son meramente políticas -aunque también lo sean-, el peso económico de Madrid no ha parado de crecer en los últimos veinte años, lo cual ha supuesto en gran medida desertizar las regiones circundantes. Se trata, desde luego, del desarrollo urbano característico de la globalización, pero también de una acumulación de capital en forma de grandes multinacionales -herederas de las privatizaciones estatales- del protagonismo del alto funcionariado y de los lobbies en la Villa y Corte. Se habló -más en los tiempos de Maragall- de un eventual cocapitalidad española, con el Senado y algún ministerio desplazados a Barcelona. No era una mala idea, aunque el problema del desequilibrio territorial va mucho más allá de la carrera Madrid-Barcelona o del conflicto catalán. Barcelona es, indudablemente, una ciudad viable, como Palma, Málaga, Valencia, Zaragoza, Logroño, Bilbao o Pamplona, por citar algunas, cada una con sus peculiaridades. Pero no se puede decir lo mismo de muchas otras regiones españolas, que afrontan con pocos recursos -geográficos, económicos, de capilaridad industrial- los difíciles retos planteados por la globalización y sufren el despoblamiento como una especie de destino natural.

Esta ruptura territorial responde, por supuesto, a tendencias ajenas a la política, pero que vienen reforzadas por la mala gestión. Un ejemplo lo encontramos en la apuesta por un AVE centralizado -que conecta dos puntos, invisibilizando el resto-, en lugar de invertir en una red ferroviaria de mercancías o en el corredor mediterráneo, que habría oxigenado los distintos centros de producción. Ejes alternativos a la España radial -que se impulsó durante el aznarismo- alimentarían las oportunidades económicas de la periferia con ramales transversales. De Portbou a Hendaya, otra gran red ferroviaria tendría que mirar al norte de Portugal, Galicia, Castilla y León, Asturias, Cantabria y el País Vasco. Los archipiélagos necesitan el desarrollo de regímenes fiscales que faciliten la diversificación. La potencialidad de la economía medioambiental se encuentra aún pendiente, así como un correcto despliegue de la banda ancha de Internet. La reforestación de zonas áridas, la rehabilitación del patrimonio histórico o medidas fiscales que faciliten la repoblación ayudarían a equilibrar las distintas regiones del país.

Al final, la democracia necesita trabajar con el doble principio de la libertad y la igualdad, que es como hablar de los derechos y las responsabilidades. En caso contrario, irá mermando la confianza social en las instituciones, que constituye la base de la prosperidad. Del mismo modo que irían en aumento formas más o menos solapadas de resentimiento, como empieza a suceder ya ahora mismo. Las ideas y las creencias definen nuestra percepción de la realidad, más aún en el mundo de las democracias. Y los retos que afrontan los países son tantos y tan complejos, que haríamos mal en no analizar correctamente las profundas transformaciones que se están produciendo y sus efectos sobre la sociedad. El reparto de los recursos y la creación de oportunidades deben dirigirse en múltiples direcciones: la brecha es cultural, en efecto, y también social. Pero tampoco debemos olvidar esta otra fractura que se abre entre el éxito de algunas ciudades y sus periferias.

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