23 de junio de 2019
23.06.2019
MANUAL DE OBJECIONES

Teléfono rojo, volamos hacia Las Palmas

23.06.2019 | 00:54
Jorge Bethencourt

La historia de las negociaciones del pacto de gobierno para los próximos cuatro años es la del conejo de Alicia en el País de las Puñaladas, corriendo muy deprisa para llegar tarde a todos lados. La tradición aquí siempre fue la de hacer pactos de perdedores. El partido que ganaba claramente las elecciones solía ser el candidato más probable a quedarse en la oposición.

Pero todo cambia. Esta vez nadie se enteró de que había perdido. La política en las Islas dejó de ser un banco de tres patas, con Coalición ocupando la centralidad y estableciendo alianzas a un lado o al otro. La entrada en liza de nuevos partidos, como Nueva Canarias, Ciudadanos, Podemos o la Agrupación Socialista Gomera, creó un sistema con siete soportes que en vez de ofrecer más estabilidad ha supuesto todo lo contrario; más confusión e incertidumbre.

Unos y otros han demostrado una envidiable incapacidad para entender que todo se ha transformado. Ángel Víctor Torres y el PSOE no se tomaron ninguna prisa en cerrar acuerdos, permitieron iniciativas a nivel local que dinamitaban las relaciones con los mismos partidos con los que querían cerrar el acuerdo regional y se creyeron a pies juntillas que ser el partido más votado les colocaba en posición de fortaleza para negociar. Por el otro lado, Coalición Canaria no supo leer que, pese a obtener mejores resultados electorales, había perdido para siempre aquella centralidad que les daba el poder de negociar y que su candidato y su mayor fortaleza, Fernando Clavijo, estaba lastrado por un proceso judicial claramente politizado que le ponía muy difícil su presidencia.

Y como éramos pocos, parió la abuela. Ciudadanos, tras las elecciones, se sumergió en una lucha de poder interno que vino a confundir aún más su ya confusa colección de condicionantes imperativos a la hora de firmar acuerdos. Los dos concejales de Santa Cruz actuaron por libre y contra las instrucciones del partido -digamos, de una parte del partido que llevaba las negociaciones- revelando una profunda grieta en el poder interno de los naranjas. La abundancia de líneas rojas y condiciones marco que fueron colocando en el proceso negociador retrasaron y complicaron todo lo posible un pacto alternativo al de las izquierdas y terminaron empujando a la ASG de Casimiro Curbelo hacia el único acuerdo viable: el de la izquierda.

En el PP, mientras tanto, algunos también aprovecharon que el Pisuerga pasaba por Valladolid. Utilizaron las negociaciones para proponer a María Australia Navarro como presidenta -otro liderazgo puro de Gran Canaria- lo que dejaba a Asier Antona con los gayumbos al aire. Esta vez sin reflejo accidental en una pantalla de televisión. La propuesta solo sirvió para que algunos populares anunciaran, airados, que estaban dispuestos a votar en contra de su propio partido. Y todo eso sucedía en las últimas horas en las que la izquierda estaba intentando cerrar un pacto donde ni de lejos había tantos navajazos y triquiñuelas, condicionantes y jugarretas, como en el de centro-derecha. "Vaya tropa", diría, con mucha razón, cualquier observador imparcial de ese turbulento camarote de los hermanos Marx.

Ángel Víctor Torres tenía prisa el jueves por escenificar un acuerdo de los cuatro partidos que firmarían un pacto: PSOE, Nueva Canarias, Unidas Podemos y ASG. Pero era el único que tenía prisa. Los demás, exceptuando a Sí Podemos, seguían mirando con el rabo del ojo a una anunciada reunión que celebraría por la tarde el pacto alternativo y para la que había venido expresamente el secretario general del PP nacional, Teodoro García Egea. Era el último y desesperado esfuerzo para cerrar un pacto de perdedores, en donde Clavijo aceptaba sacrificarse a sí mismo para allanar el voto de Ciudadanos y salvar el gobierno de varios cabildos y algunos ayuntamientos nacionalistas. Un sacrificio insólito en la historia de la política en las Islas, pero que tal vez llegó demasiado tarde. Y encima era una decisión que si por un lado abría las puertas al voto de Ciudadanos de alguna manera alejaba a Curbelo, que en el nacionalismo canario solo confiaba en el presidente que había decidido inmolarse.

Alea jacta est. A mediodía del jueves todo el pescado estaba vendido y la reunión de la tarde se hacía inútil. Los socialistas gomeros se habían hartado de esperar para estudiar un pacto que no llegaba, que no tenía pinta de cuajar y que les despertaba todas las desconfianzas habidas y por haber. Aceptaron salir al espectáculo de cámaras de televisión que Torres -esta vez con habilidad- había preparado para exhibir el nuevo acuerdo de Gobierno. El centro derecha no es que llegara tarde, es que ni siquiera llegó. El poder les pasó de largo y se desangró entre tanta puñalada.

Coalición Canaria, un partido de poder, tendrá que aprender a sobrevivir al desalojo de las instituciones. El PP seguirá lánguidamente recostado en la oposición, con la dolorosa resaca de sus divisiones internas y con una presidencia a la que algunos querrán pasar factura por haber perdido la única oportunidad de rascar bola. Y Ciudadanos, al menos en Canarias, tal vez desvelará algún día a sus votantes si es que son un partido de izquierdas, de derechas o de lo que cada vez les convenga ser. Que por lo que parece, va a ser esto último.

No es menos importante reseñar que los tres líderes de los grandes partidos del pacto, Torres, Rodríguez y Santana, son referentes políticos de Gran Canaria. Y que, además, la Presidencia tendrá sede estos próximos cuatro años en Las Palmas. Nada que objetar a todas estas cosas. Es lo que toca. Pero este pacto también dibuja una nueva realidad territorial y social de la política. La que la sociedad de Tenerife se ha merecido, dicho sea de paso.

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