16 de junio de 2019
16.06.2019
LA LAGUNA, ENCRUCIJADA

El heterodoxo Víctor Núñez

16.06.2019 | 08:38
Eliseo Izquierdo*

Era proverbial el énfasis de Víctor Núñez en la defensa del arte contemporáneo, en tiempos en que la disidencia estética, cualquier intento de romper preceptos y zafarse del academicismo por aquí rampante se condenaba sin paliativos o era motivo de mofas o de desprecio. Hablo de una época cercana a la segunda mitad del siglo XX, bastantes años antes de que Pedro González, recién retornado de su aventura venezolana, diera un golpe de timón y subvirtiera el tinglado, con gran escándalo de la feligresía fiel y de sus voceros. Me refiero a cuando Westerdahl se mantenía aun, discretamente, entre bambalinas, no fuera que intentaran irle de nuevo a por las barbas.

Antes de que Pedro hiciera las Américas, ya Víctor buscaba contagiar con sus teorías artísticas, que había quienes las motejaban de revolucionariamente escandalosas, a algunos amigos ansiosos de escapar de la noria al uso y transitar por nuevos caminos: Pedro González, Raúl Tabares, Siro Manuel, Manolo Sánchez y alguno más; un pequeño grupo aunado bajo el rótulo "GARACH", porque era en un garaje donde, además de pintar y guardar los bártulos, se discutía y se debatía, a veces acaloradamente. Pedro lo recordaba bastantes años más tarde: "Nos unía el entusiasmo por cambiar las cosas, hacer algo diferente, razón que siempre ha sido un buen motivo y un buen comienzo" (Nuestro Arte, Madrid, 1998).

A Víctor, el de más edad de todos ellos, lo habían seducido tempranamente, entre otras, las elucubraciones sobre el arte del siglo XX del catalán Juan Eduardo Cirlot, crítico avanzado y nada afecto al régimen, que había logrado hacerse, a contrapelo y con autoridad, un lugar con creciente prestigio en el anquilosado panorama artístico del franquismo. Cirlot se comprometió muy pronto en la defensa de los movimientos plásticos de creación renovadora.

El entusiasmo del pintor tinerfeño por los postulados estéticos del barcelonés le llevó incluso a entablar correspondencia epistolar con él, lo que sin duda acentuó su decidida apuesta por el arte de vanguardia, que Víctor procuraba transmitir con su peculiar vehemencia a su jóvenes colegas; un proselitismo temprano, interesantísimo (basta reconocer su influencia teórica sobre Pedro), no suficientemente valorado por la crítica insular.

Víctor Núñez compartía estos afanes con la pintura a tiempo parcial, porque su dedicación prioritaria, hasta el final de su existencia, hubo de centrarse en la sombrerería familiar, una de las dos de postín que había en la ciudad, fundada en 1865, y, junto con su padre y su hermano Antonio, en la viticultura. Su progenitor, don Víctor Núñez Fuentes, además de sombrerero de pro, era un viticultor muy experimentado. Poseía el más acreditado viñedo de la extensa comarca de Aguere. La suya fue la última gran bodega clásica de San Cristóbal de La Laguna, que las precariedades del país tras la guerra civil se llevaron por delante. Los Núñez la mantuvieron, junto con la finca -300.000 metros cuadrados de parrales en Las Tahonillas de San Miguel de Geneto- hasta el final, no como negocio, que terminó siendo ruinoso, sino como una gran pasión. Y aun tuvo tiempo Víctor para desempeñar con eficacia el cargo de concejal de su ciudad natal.

Cumplidos ya cien años del nacimiento de Víctor Núñez Izquierdo, sus descendientes han desempolvado del olvido su obra pictórica, conservada celosamente en el entorno familiar, y han mostrado una selección, en la que se percibe bien el itinerario de su paleta, las tentativas, no pocas, para atrapar el lenguaje con el que expresar sus incitaciones pictóricas, sus afanes renovadores, la voluntad de cambio; un mundo que no acababa de desasirse de la realidad mientras se adentraba en el de la semiabstracción.

El lugar decisivo, fundamental, de Víctor Núñez está a mi ver en su compromiso en la defensa temprana, incluso desde las columnas de los periódicos, de las corrientes artísticas de la Europa del siglo XX, que había quienes se oponían hasta con ferocidad a que entraran y se expandieran en las Islas; su papel de inquieto transmisor de nuevas concepciones artísticas, su mirada anticipadora.

*Cronista oficial de San Cristóbal de La Laguna

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